Por: Piedad Bonnett

El destape de lo incorrecto

El lenguaje de lo "políticamente correcto” —término acuñado por la izquierda norteamericana, que intenta desterrar las expresiones discriminatorias en relación con raza, sexo u origen— puede haber llegado a usos ridículos o a caer en meros eufemismos, pero hay que decir que es un esfuerzo civilizador necesario. Porque no es lo mismo referirse a alguien como maricón que como homosexual. Desgraciadamente, el lenguaje políticamente correcto no implica que haya habido un verdadero cambio en las mentalidades. Lo ha señalado Javier Ortiz Cassiani, a propósito de lo que está pasando en Estados Unidos, donde los supremacistas blancos corean por estos días consignas atroces contra judíos, negros, latinos y musulmanes. “Cuánta saturación del lenguaje políticamente correcto, repetido como una fórmula retórica sin fundamento político…”, dice el columnista. No sé si las cosas sean tan drásticas, pero la verdad es que debajo de esa corrección política nunca dejaron de correr las aguas negras del odio a lo distinto y de la creencia en la superioridad de la raza blanca. Algo que intuíamos, pero que ahora se visibiliza desvergonzadamente por la sencilla razón de que el odio racial ha sido avalado por Trump, que llegó al poder haciendo eco a los extremistas, llamando a los mexicanos maleantes y violadores, e impidiendo el ingreso de musulmanes al país. Es simple: los racistas vergonzantes se envalentonan hoy y actúan con violencia porque saben que están apoyados desde arriba.

Eso me hace pensar en algo que está pasando aquí, distinto en su naturaleza, pero con un origen similar. Los colombianos hemos visto cómo el moralismo se abre paso en el que creíamos un país moderno, laico y supuestamente pluralista. La última manifestación de dicho moralismo fue la descabellada idea de Clara Rojas de multar a los hombres que acudan donde las prostitutas, dizque para “redimirlas”, presuponiendo que siempre son víctimas de tráfico sexual. Pero hay muchos otros ejemplos: el escándalo absurdo por las cartillas, de las que se dijo que imponían ideología de género; los ataques contra el matrimonio y la adopción por parte de parejas gais; la oposición al aborto, aún en caso de ser terapéutico; la negativa a cumplir con el derecho a la eutanasia, etc. ¿Cómo se explica esa explosión retardataria que sataniza a todo el que tiene un pensamiento progresista? Porque la alianza entre política y religión, que creíamos que había desaparecido, ha vuelto a aparecer, liderada por una ultraderecha que va desde Roberto Gerlein, que habló de “sexo excremental”, hasta Viviane Morales, que cree que la única familia que puede adoptar es la de un hombre y una mujer, Ilva Myriam Hoyos, que cerró la Clínica de la Mujer en Medellín por “incentivar el aborto”, o el exprocurador Ordóñez, que cree que es peligroso que un ateo sea ministro de Salud. Un puritanismo del que el mismo Uribe dio muestras en 2005, cuando en una reunión de pastores cristianos pidió a los jóvenes “aplazar el gustico” para después del matrimonio. Prédicas que, aunque no parezca, pueden propiciar violencia. O si no, recuerden cómo el pastor Arrázola sugirió que podía hacerle “la vuelta” a uno de sus contradictores, a los que se refirió como “maricas empolvados”.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett