Por: Mauricio Botero Caicedo

El destino de dos hermanas…

En la década de los años treinta, en el sur del continente, coexistían dos naciones hermanas: la una fue colmada por los dioses con todo tipo de dádivas; sus enormes y fértiles pampas la convirtieron en poco tiempo en el granero del mundo; sus ríos de voluminoso caudal desembocaban a puertos naturales.

Estas autopistas fluviales le permitieron transportar todo el año sus diversos productos agropecuarios; y su población —principalmente de origen europeo— era homogénea, lo cual le facilitó su evolución e identidad. Por el contrario, la otra hermana era una Cenicienta: sus tierras eran tan ácidas como infértiles; sus ríos en su mayoría fluían no al océano, sino del oriente al interior; su topografía no le permitía tener puertos naturales; y la enorme heterogeneidad de su población le dificultaba encontrar su identidad. Naturalmente el mundo entero miraba con mal disimulada envidia el brillante porvenir de la primera y con algo de desdén el incierto destino de la segunda. Pero más por el rumbo que labraron sus habitantes que por la inescrutabilidad de los dioses, no es Argentina la que ocupa hoy un lugar destacado en el entorno económico mundial, sino Brasil, aquella Cenicienta por la que pocos daban un centavo. Este gigante finalmente logró salir de aquel círculo vicioso de pobreza e inflación que alimentó la sentencia que “Brasil es el país del próximo siglo… y siempre lo será”. Los logros económicos y sociales del Brasil son impresionantes: es el primer productor mundial de café, azúcar, soya y jugo de naranja, ocupando un lugar destacado en otros productos como maíz o cacao. En el campo minero, Brasil ocupa un lugar preeminente, en especial el mineral de hierro y minerales preciosos. El país cuenta con empresas líderes del orden mundial en diversos campos como es Petrobrás en los hidrocarburos y biocombustibles, vale en la minería y el biodiésel; y Embraer en el sector aeronáutico. Esta nación ha desarrollado destacadas universidades y centros de investigación como Embrapa, cuyos logros, especialmente en agricultura tropical, son universalmente reconocidos. Pero posiblemente el mayor logro de esta nación, de 194 millones de habitantes, es que después de varias décadas de manejo macroeconómico populista, irresponsable e inflacionario logró imponer políticas macroeconómicas y fiscales cuyo resultado tangible es el haber elevado a 40 millones de compatriotas a la clase media y sacado a 28 millones de brasileños de la pobreza absoluta. Lo más sorprendente es que la seriedad en el manejo de la economía la impusieron gobiernos que ideológicamente se situaban en el centro izquierda como fue el de Cardoso, el de Lula y hoy el de Dilma Roussoff, quienes se dieron cuenta de que las políticas populistas e inflacionarias terminan perjudicando es a los más pobres.

Pero no todo es color de rosa: sobre el horizonte de esta nación se ciernen nubarrones:

- El grueso de las exportaciones del Brasil son productos básicos (commodities) con poco o ningún valor agregado. El auge en los precios de estos productos se debe en buena parte al enorme crecimiento en el poder adquisitivo de la China y en menor grado de la India y otros países emergentes. Un revés en el crecimiento Chino le puede propiciar un duro golpe a Brasil.

- Una infraestructura vial y portuaria, que, principalmente en los estados del norte, deja mucho que desear.

- Una moneda sobrevaluada, una mano de obra costosa y un sistema impositivo que ahoga a los empresarios y les obstaculiza competir globalmente con productos de valor agregado.

- Una corrupción endémica donde el Congreso, sin vergüenza, absuelve a una diputada filmada recibiendo una coima.

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