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hace 2 horas
Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

El día de la venganza

Ahora que el excelentísimo señor subpresidente Iván Duque parece tan interesado en la historia patria, me acordé de un relato escalofriante que le podría servir para un próximo discurso. Ante los reyes de España, por ejemplo.

Apolonia o Policarpa Salavarrieta Ríos, alias la Pola, fue fusilada por los chapetones a las nueve de la mañana del 14 de noviembre de 1817, a sus 22 años de edad, en la Plaza Mayor de Santafé de Bogotá, Virreinato de la Nueva Granada. La condenaron por espiar para el ejército patriota en los Llanos. El general José Hilario López, presidente de Colombia entre 1849 y 1853, fue “testigo presencial de sus últimas 24 horas de vida”, según lo relató en Memorias, de 1857.

Al ver llorar al entonces cadete José Hilario, de 19 años, la Pola, “valiente y entusiasta por la libertad”, lo increpó: “No llore por nuestra suerte, Lopecito, nosotros vamos a recibir un alivio liberándonos de los tiranos, de estas fieras, de estos monstruos…”. Camino al cadalso, los sacerdotes que la acompañaban trataban de consolarla. Ella se negó de plano: “Si la salvación de mi alma consiste en perdonar a los verdugos míos y de mis compatriotas, no hay remedio, ella será perdida, porque no puedo perdonarlos, ni quiero consentir en semejante idea”.

Los curas, obvio, se escandalizaron y alzaron la voz para tapar con sus rezos las blasfemias de la rebelde. “¡Con qué gusto viera yo correr la sangre de estos monstruos de iniquidad! Pero ya llegará el día de la venganza, día grande en el cual se levantará del polvo este pueblo esclavizado, y arrancará las entrañas de sus crueles señores. No está muy distante la hora en que esto suceda, y se engañan mucho los godos si creen que su dominación puede perpetuarse”.

Y así, paso a paso, hasta el suplicio: “Mil veces repito a ustedes que en vano me exhortan a la moderación y al perdón de mis enemigos… ¿Ustedes conciben que yo desearía conservar mi vida a cambio de implorar la clemencia de mis verdugos? No, señores, no pretenderé nunca semejante cosa, ni deseo tampoco que se me perdone, porque el cautiverio es todavía más cruel que la misma muerte…”.

En ese momento, un teniente realista se burló de ella con socarronería: “Hoy es tigre, mañana será cordero”. La Pola se enfureció aún más: “No llevo a la tumba otro pesar que el de no ser testigo de vuestra destrucción y del eterno restablecimiento de las banderas de la independencia en esta tierra que profanáis con vuestras plantas”. Otros chafarotes empezaron a decir que había perdido la razón. “Está loca, loca, loca perdida”.

Ya en el patíbulo, antes de arrodillarse y dar la espalda a sus asesinos, la Pola pronunció su famosa diatriba contra el populacho: “¡Pueblo indolente! ¡Cuán diversa sería vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad! Pero no es tarde. Ved que, aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más, y no olvidéis este ejemplo… ¡Miserable pueblo! Yo os compadezco: algún día tendréis más dignidad”.

Con razón los godos de hoy le hacen chanchullos a la historia. Vaina inútil. Porque, como en las telenovelas, el pasado no perdona.

Rabito: En cuestiones de Padres Fundadores et al., confío a cabalidad en Reportaje de la Historia de Colombia. 158 documentos y relatos de testigos presenciales sobre hechos ocurridos en cinco siglos, selección del profesor Jorge Orlando Melo, con la asistencia de Alonso Valencia Llano, Editorial Planeta, 1989. ¡Insuperable!

@EstebanCarlosM

 

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