Por: Nicolás Rodríguez

El día de nadie

Con actitud revisionista, algunos comentaristas sostienen que el Día sin Carro es una perdedera de tiempo.

Las cifras les dan la razón: año a año, desde que arrancó la medida, hay más carros y hay más motos. La cicla ha agarrado fuerza en el discurso político de la alcaldía de turno, pero la construcción y el mantenimiento de las ciclorrutas es inversamente proporcional al aumento de la congestión vehicular.

Para que el Día sin Carro no se convierta en una simpática e intrascendente tradición (un festivo más), sus críticos han salido al rescate. Se entiende que no están abogando por el uso del carro. Con razones exigen resultados concretos y medibles. Más días con cicla, aire y buenos buses. Y menos días con carro.

Un mensaje que claramente no le llegó a Carlos Moreno de Caro, quien salió en la mañana del jueves muy orondo en carro particular con escudo de escolta a transitar las calles. Por supuesto, en contravía. El sainete de siempre: lo paran, reniega, manotea, trata de escabullirse en la portería de un edificio (que no es el suyo), pide que le llamen a mi general y recae en el transitado “usted no sabe quién soy yo”.

En esta ocasión lo extraño es que sí sabemos. No por la figura del honorable exembajador y congresista sino dada la recurrente presencia del personaje que tiene por privado todo lo público. Ese es un viejo conocido. Un arquetipo. Es más, para rescatar algo de su filosofía original y no decretar anticipadamente su fracaso, el Día sin Carro también debería ser juzgado según la calidad de morenadas. Un indicador que no se agota en los números.

No serán muchos en cifras, pero en cada persona que toma una cicla hay un Moreno menos (o un Merlano, da igual). En el fondo se trata de la posibilidad de imaginar una ciudad en la que nadie sepa quién es nadie.

 

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