Por: Tomas Eloy Martínez

El día después

EL CANDIDATO PRESIDENCIAL BArack Obama se acerca raudo y sin evidentes obstáculos al objetivo magno que apareció en su horizonte hace apenas cuatro años, cuando desembarcó en Washington como un senador sin experiencia pero con un carisma arrebatador y una ambición de acero.

Las encuestas le dan  ventaja sobre su rival, el senador republicano John McCain del estado de Arizona. Si no tropieza ante alguna zancadilla  como la que le quitó la Casa Blanca a Al Gore en el 2000, el 4 de noviembre el senador demócrata de Illinois podría ser elegido el primer presidente negro de los Estados Unidos: él, que nació en 1961, en plena batalla contra la discriminación racial.

 Llegar a la Casa Blanca es la parte menos áspera del camino. Apenas entre en el Salón Oval, el 21 de enero de 2009, enfrentará las  ráfagas de una estructura política férrea, habituada a imponer sus intereses y renuente a los cambios. Obama lo sabe y no será el primero en afrontar esa batalla en desventaja. Les sucedió a John F. Kennedy que salió del trance gracias al auxilio de asesores belicosos, el mejor de los cuales era su hermano Bob, y luego a Bill Clinton, que llegó desde Arkansas con un moderado adiestramiento.

Lo acechan, sin embargo, desafíos más arduos. Ha prometido poner de nuevo en pie a una nación debilitada por una política exterior con la que  George W. Bush ha creado una atmósfera de miedo y sospecha.

La economía, ya postrada, sigue deteriorándose día tras día. Si el Congreso no aprueba un paquete  extraordinario de medidas, la crisis de las hipotecas seguirá dejando en la calle a las  familias cuyas deudas alcanzan valores superiores a los de sus casas.

La recesión es una amenaza cada vez más clara: los precios de los combustibles alcanzan alturas explosivas, el costo de los seguros médicos se lleva el 15% de los ingresos de quienes pueden pagarlo y la bonanza de la era Clinton se ha evaporado.

Todas las preguntas abren ventanas hacia el día siguiente a la asunción presidencial. Si Obama gana, ¿tiene el equipo, los recursos, la imaginación para lograr revertir los desatinos de un pasado que por lo menos seis meses más seguirá siendo presente?

No hay dudas de su energía, de su contagiosa certeza en que su gobierno podrá acabar con las adversidades actuales, pero también está claro que las medusas del poder en Washington, enquistadas desde hace décadas, lo enfrentarán con hábiles estratagemas no bien empiece a rozar sus intereses.

El programa de McCain, heredero del partido gobernante, sólo roza la de Obama en la política para los 12 millones de indocumentados: ambos quieren un camino a la legalización que implique el pago previo de una multa y la obligatoriedad de aprender inglés. En los demás puntos fundamentales las diferencias son hondas y representan, en general, la continuidad de Bush o la búsqueda de otro rumbo.

Pero una cosa son las excelentes propuestas de Obama y otra la posibilidad de implementarlas.     Allí donde Obama promete comenzar a retirar las tropas de Irak apenas asuma y traer todas las unidades de combate en 16 meses, McCain se niega a hablar de fechas.

El candidato demócrata cree que las acciones militares en Irak, lejos de acentuar la seguridad de los Estados Unidos, agravaron los conflictos en la zona y estimularon la adhesión a Al Qaeda; por eso dejaría soldados para proteger la embajada


norteamericana y su personal en Bagdad. Al contrario, McCain sostiene que “sería un grave error salir antes de que Al Qaeda sea derrotado en Irak y antes de que entre en acción una fuerza de seguridad iraquí competente, entrenada y capaz”.

 El republicano cree también que las tropas norteamericanas impedirían una invasión de Irán, cuyo régimen, junto con el de Siria, ha contribuido, supone, a la violencia en Irak. Obama, en cambio, se propone “lanzar el esfuerzo diplomático más agresivo de la historia norteamericana reciente para alcanzar un nuevo pacto de estabilidad en Irak y Medio Oriente”. Para evitar el peligro nuclear en Irán y defender los lazos entre Israel y EE.UU., buscaría un diálogo directo.

En la economía, que enfrenta una recesión más profunda y larga que la de comienzos de los noventa y la del 2001, Obama quiere ir más allá de la devolución de impuestos con la que este año se trató de estimular el gasto de los contribuyentes. Se propone eliminar las reducciones tributarias, una iniciativa de Bush que el Congreso aprobó hasta el año 2010 a los que ganen más de US$250.000 por año y trataría de imponer un alivio impositivo para quienes ganen menos de US$50.000  anuales, entre los cuales se hallan los hogares negros, con un promedio de US$32.100. Subiría, además, el impuesto al capital, algo que eriza a los republicanos.

Un dato crucial para asegurar el futuro de  Obama es quién será finalmente su compañero de fórmula. Hasta ahora, los asesores que manejan el tema con seriedad y reserva parecen inclinarse por dos, John Edwards (aunque es improbable que acepte alguien que intentó ocupar ese lugar y perdió) y Sam Nunn, quien fuera senador durante 24 años y actualmente dirige una ONG contra la amenaza nuclear en el mundo.

 A Obama le gustan las sorpresas y no sería raro que a última hora se incline por alguien que casi nadie menciona: un senador nuevo, no contaminado por la atmósfera de Washington y que, como él, encarna el cambio prometido: el senador demócrata Jim Webb del estado de Virginia.

 Aunque le falta el carisma de Obama, a Webb le sobra historia. Combatió en Vietnam, donde obtuvo cinco condecoraciones; fue secretario de Marina durante el gobierno de Reagan; ganó un premio Emmy como productor de un documental; escribió guiones, uno de los cuales, Whiskey River, sobre la guerra de Irak, será dirigido por Rob Reiner; fue corresponsal de guerra en el Líbano.   Orgulloso de sus tres tatuajes y de su origen de una familia trabajadora, descendiente de inmigrantes paupérrimos, aporta a Obama todo lo que los académicos no podrán darle jamás: un diálogo con la clase baja.

Si los jóvenes, los afroamericanos y los liberales de clase alta lo han sostenido hasta ahora, para ganarle a McCain, Obama necesita el favor de aquellos que preferían a su contrincante por la nominación, Hillary Clinton, gente que quiere que le hablen de cosas concretas, vive de salario en salario, se preocupa por la seguridad nacional y que no son republicanos ni demócratas.

 A Obama le costará salir adelante en una crisis múltiple cuyos actores están lejos de haber sido vencidos. Pero la presión de la opinión pública, anestesiada e indiferente desde hace tiempo, se hará sentir como pocas veces. Su mensaje ha devuelto la esperanza en una vida mejor a una nación que desde hace ocho años sólo espera un futuro menos sombrío.    Hasta ahora, la buena suerte y su verba arrolladora le han permitido alcanzar un pedestal histórico, en el que nadie estuvo antes.    Necesitará mucho más para no caer desde esa altura  y cumplir con las embriagadoras promesas de su campaña.

* Novelista y periodista argentino. c.2008 Tomás Eloy Martínez

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