Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El diario de Agustín

UN GRUPO DE JÓVENES PERIODIS-tas chilenos que durante el prolongado régimen de Pinochet eran apenas unos niños, por tanto ajenos a los oprobios de la dictadura, a través de un libro —El diario de Agustín— le han pasado una merecida e inteligente cuenta de cobro al periódico El Mercurio y a su dueño, Agustín Edwards, por instigar el golpe de Estado y ponerse al servicio del gobierno de facto y sus crímenes.

El libro trae un video cuidadosamente preparado —que puede verse en www.youtube.com— con entrevistas a personajes tristemente célebres, uno de ellos un odiado asesor de Pinochet, que tuvo el arrojo de admitir que en esa época era una necesidad matar comunistas, para salvar la patria. El video también refresca otra declaración del propio Pinochet, en la que sin sonrojarse sostuvo que la democracia era el mejor modelo para entregarle un país a los comunistas.

El libro descubre con precisión cómo desde el mismo instante en el que el presidente electo Salvador Allende ganó apretadamente las elecciones y dependía de la ratificación por el Congreso que no controlaba, Agustín Edwards, poderoso señor de una de las familias más influyentes de Chile, viajó a los Estados Unidos buscando apoyo para que el mandatario en ciernes no pudiera posesionarse. En esa aventura traidora se sirvió de un viejo amigo, presidente de Pepsi Cola, que lo puso en contacto con Henry Kissinger, Secretario de Estado americano en el gobierno de Nixon. Para entonces Kissinger era el avezado diplomático que unos años después fue premio Nobel de Paz por su papel conciliador en el Medio Oriente, cuando todavía no se conocían los papeles desclasificados que lo comprometen severamente en el golpe que puso 19 años a Chile bajo la bota militar.

Edwards fracasó en su empeño de impedir la posesión de Allende, pero no desistió de su delirio persecutorio, porque su periódico, El Mercurio, recibió dos millones de dólares de empresas multinacionales, con los que ejecutó la campaña de difamación y desinformación contra Allende y su gobierno. El periódico más importante de Chile, promotor de otros medios, terminó entregado a la innoble tarea de apoyar la dictadura y desinformar en su beneficio.

El diario de Agustín les ha recordado a los chilenos episodios dolorosos, que no pueden olvidarse. Por ejemplo, que periódicos de Brasil y Argentina un buen día publicaron la “noticia” de que miles de desaparecidos no lo estaban, dizque porque se habían asesinado entre ellos mismos. Eso que hoy se conoce como la operación “Colombo”, no fue más que una vulgar mentira que el régimen de Pinochet patrocinó para zafarse de las graves acusaciones que entonces empezaban a conocerse sobre las desapariciones, torturas y ultrajes a las libertades públicas. La monstruosa farsa que hirió para siempre el alma chilena, solamente pudo tener audiencia porque tuvo respaldo y eco en las páginas abyectas de El Mercurio, que además de desinformar conscientemente, soltó un editorial canalla. En ese repudiable escrito, el periódico de Edwards les enrostraba a los opositores el desatino de haber acusado al régimen de las desapariciones de esos comunistas que supuestamente se habrían matado entre ellos. La historia demostró que todo eso fue un montaje de Pinochet y sus amigos, que El Mercurio y Agustín volvieron verdad de su tiempo.

Como era de esperarse el libro El diario de Agustín, con su video, cayeron como una bomba para unos pocos —los “momios”, como los llaman allá— que se sentían a salvo de las trampas de la memoria; pero para la silenciosa mayoría, llegaron como un bálsamo reparador de los delitos que esa gran prensa silenció.

Si aquí alguien se atreviera a cobrarles sus felonías a los Mercurios y a los Edwards criollos, las heridas que no han cicatrizado, sanarían para siempre. Pero estamos en Colombia, qué le vamos a hacer.

Adenda. Si fueron capaces en el Gobierno de Uribe de corromper a las humildes “señoras de los tintos”, ¿qué más no habrán hecho?

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