Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El diario de la guerra del cerdo

Algún lector se acordará del título de la fantástica novela de Adolfo Bioy Casares, que trata sobre una guerra entre jóvenes y viejos.

Como suele suceder con Bioy, todo en el relato es inaprehensible: no gana nadie, y no hay buenos ni malos. Si mal no recuerdo, Bioy se alinea vaga e irónicamente con los viejos (el libro se caracteriza por expresiones devastadoras sobre la vejez). La guerra, al final, desaparece tal como había llegado, como por arte de magia.

El libro volvió a mi memoria al comenzar, hace pocos días, el campeonato mundial de ajedrez. Es que el actual poseedor del cetro, el indio Anand, duplica en edad al retador, el noruego Carlsen. A propósito: el evento al parecer ha disparado todos los niveles de audiencia en el pequeño país nórdico, de manera que allí más del 40 % de los televidentes se concentra en los 64 escaques (¿cuál sería el equivalente aquí?). Pero el punto es que pocas veces en la historia del deporte se habrá contemplado una disparidad semejante. En ajedrez habrá algunos precedentes, pero pocos, y ninguno reciente. De hecho, Anand está manteniendo a raya a Carlsen, cosa que me pone feliz (me miento a mí mismo pensando que la razón es que prefiero por mucho el estilo de Anand, y negándome a considerar la posibilidad de que acaso mi punto de vista comience a ser el mismo de Bioy en la novela).

En algún momento, todos los deportes se caracterizaron por una rápida “progresión hacia atrás”, disminuyendo las edades a las que se podía llegar a la élite de la alta competición. Se batían casi a diario todas las marcas de precocidad. Como en una implacable guerra del cerdo, las gentes que pasaban cierto límite de edad convencionalmente establecido, según la disciplina, eran sacadas sin mayores ceremonias. Por ejemplo, el ajedrez pudo contemplar una equilibrada repartición entre jóvenes y viejos más o menos hasta 1930, año desde el cual la élite fue paulatinamente tomada por imberbes talentosos y bravos.

Quizás esta tendencia no haya cedido, pero creo que ahora estamos viendo otra, en la dirección contraria: sorprendentes longevos deportivos, con una capacidad de permanecer que probablemente hubiera sido considerada extravagante hace poco. No: no es algo que se restrinja al ajedrez. En deportes que hacen sudar algo más se observa un fenómeno semejante. Tenemos, claro, ejemplos locales: Faryd y Yepes son dos de nuestras super-estrellas, pero el primero ya pasó, y el segundo se acerca, a los 40 años. Ni hablemos del interminable y brillante Néider Morantes (ahora es intermitente: pero también lo era hace tres lustros). En tenis, dos personas que superaron ya los 30 son top ten (Ferrer y Federer), y el inverosímil Tommy Hass, de 35, está entre los 20 primeros del mundo. El que quizás sea el peleador más extraordinario de todos los tiempos, Anderson Lima (artes marciales combinadas) tiene 38 años y hasta hace poco seguía ganando. Una vez más, si miran hacia atrás encontrarán algunos precedentes, pero muy pocos.

Es posible que algún trabajo estadístico sencillo tumbe fácilmente estas impresiones. Pero supongan que ellas son correctas. Entonces constituyen el síntoma de un mundo atravesado por dos macro-tendencias: el envejecimiento global, por un lado, y un cambio tecnológico impresionante, que empieza a revolucionar y borronear los límites entre las distintas etapas de la vida. Estos deportistas de élite son productos científicos, en el mismo sentido en que lo son una patente o un buen artículo. La planeación, la investigación, la tecnología, las operaciones, los hacen durar más. Me pregunto si esto es bueno o malo, o siquiera cierto. La mejor respuesta acaso sea la (implícita) de Bioy: "quién sabe…".

 

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