Por: Juan Gabriel Vásquez

El dictador arrepentido

Quién lo ib a decir: El coronel Muammar el Gadafi, que hace veinte años era el enemigo público número uno, que fue durante mucho tiempo la principal amenaza nuclear para Occidente, el hombre al que Ronald Reagan llamó “perro rabioso” antes (y también después, si mal no recuerdo) de bombardearlo, ese coronel, uno de los principales violadores de los derechos humanos del mundo contemporáneo, ha acabado el año de visita en Francia y España, recibido con todos los honores de un jefe de Estado y llevándose de vuelta a su país contratos por varios miles de millones de euros. Y sin que apenas alguien haya cuestionado el asunto, o por lo menos se haya extrañado.

Las reacciones, para ser precisos, han sido muy distintas en París y en Madrid. Si Sarkozy se ha visto obligado a defender la legitimidad de recibir al coronel es, precisamente, porque alguien ha protestado; Zapatero, en cambio, no ha tenido que justificar nada, porque nadie le ha pedido justificación. Se ha mencionado, sí, el “importante contenido económico” de la visita del Coronel.

Donde dice importante hay que leer millonario, y donde dice económico, hay que leer petrolero: Libia es uno de los principales proveedores de España. Y sin embargo, lo verdaderamente interesante de esta visita es que ha servido para que Gadafi terminara, con éxito fulminante, uno de los procesos diplomáticos más fascinantes de los últimos años. En 1986 se atribuyó a su gobierno un atentado terrorista que mató a 40 personas en Berlín; en 2007, ese mismo gobierno se ha instalado en los jardines del palacio de El Pardo, y ha compartido mesa con el rey don Juan Carlos. Es como un cuento de hadas para dictadores.

Por supuesto que éste es el argumento de los dos gobiernos que lo han recibido: si no se premia a los dictadores que regresan a la senda del bien (es un decir), si no se recompensa a los contritos y a los arrepentidos, difícilmente se podrá esperar que otros estados peligrosos sigan el ejemplo del buen coronel. Hace cuatro años Gadafi anunció que dejaba su programa de armas de destrucción masiva: eso hay que premiarlo, para ver si Ahmadinejad hace lo mismo. No hace mucho reconoció su responsabilidad en el atentado de Lockerbie: eso hay que premiarlo, para que el atentado no se repita. El vuelo 103 de Pan Am estalló en pleno vuelo y 270 personas murieron en el atentado más grave anterior al 11 de septiembre; pero luego Gadafi pide perdón, entrega a dos sospechosos, dice que indemnizará a las víctimas, y la comunidad internacional lo recibe como a un hijo pródigo, con sonrisas paternales, con palmaditas en la espalda.

Mientras Gadafi pasaba el día en El Pardo, yo terminaba de leer una de las mejores novelas que he leído este año: Solo en el mundo, de Hisham Matar. Matar nació en Nueva York y ahora vive en Londres, pero sus padres y sus años de infancia son libios; Libia es, además, el tema de su novela, y a veces se me ocurre que los escritores no son de donde han nacido, sino del lugar donde ocurren sus ficciones. Pero no quiero ahora hablar de literatura: la próxima semana les diré, a los que tengan paciencia, por qué hay que leer la novela de Matar. Lo que quiero ahora es recordar la última conversación que tuve con él, en la que me contó que su padre, activista de la oposición a Gadafi, está preso desde hace tantos años que ya nadie sabe a ciencia cierta si sigue vivo. Y hasta hace un tiempo él sentía, por lo menos, la minúscula esperanza de que la condena internacional al régimen que ha eliminado a su padre acabara por generar un cambio de fondo y, con algo de suerte, la liberación de los presos políticos, muchos de los cuales permanecen incomunicados sin cargos. Pues bien, en estos días se ha hablado mucho de petróleo y de infraestructuras, pero nada de presos políticos como el padre de Hisham. Será que todo eso entra dentro del paquete del perdón.

 

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