Por: Ignacio Zuleta

El dictador solemne y el sabio risueño

Para evitar tomarnos tan en serio, deberíamos conservar durante el día la imagen mañanera de la cara en el espejo: el despeluque, las ojeras, la nariz lustrosa y el ojo lagañudo. Reírse de sí mismo obra maravillas.

Un poco de esa filosofía milenaria que le permitió al Buda mantener su plácida sonrisa ayuda para entender cómo opera el sentido del humor y sus beneficios para el alma. En la psicología oriental antigua, la “mente” tiene cuatro componentes: el primero es el Ego, el segundo es la Mente-Emociones, el tercero es la Mente Superior y el cuarto es la Memoria.

La Memoria es la que les da contexto temporal a los movimientos de la mente. Gracias a la memoria podemos recordar —a veces con esfuerzo, es cierto— el propio nombre y el de los amigos, cuándo se vence el pago del predial, el aniversario de matrimonio o la matanza de Mapiripán.

La Mente-Emociones es la herramienta de la supervivencia y de las facultades intelectuales y emocionales básicas. Se ocupa de elaborar los estímulos del entorno, de obedecerle al instinto sin preguntar mucho, de producir pensamientos y emociones sin cesar y de estresarnos con sus dramas y su algarabía.

Y el Ego, ah, el Ego es el principio de individualidad, el que dice en Europa: yo pienso, luego yo existo. El Ego es un político avezado, un dictador. Hace alianzas permanentes con la Mente-Emociones y con la Memoria y las aglutina alrededor suyo de tal manera que las vuelve sus peones y les hace creer que no serían nadie si este Yo no existiera.

Ninguna de las anteriores tiene sentido del humor, a diferencia de la Mente Superior, que es la intuición refinada y se encarga de la observación imparcial de los eventos y de la mente inferior, del discernimiento y del vínculo con las esferas del espíritu. En el yoga se le llama Budi, es decir, iluminada. Esta facultad no depende sólo del cerebro y no se enreda. Budi, una mezcla de bufón y prudente consejero, no le come cuento al Ego y no se identifica con sus caprichos y exigencias. Es el testigo insobornable de lo que el trío dinámico conspira. Y sólo Budi puede reírse de sí mismo. Cuando yo me pillo en mis propias veleidades y me digo “estoy pintado”, en realidad es Budi el que lo dice, y de paso me saca de la esclavitud del dictador, no coge lucha, mantiene su distancia y vive alegre.

Por eso cuando nos tomamos muy en serio nos volvemos insufribles y sufridos. Actuamos desde el miope y engreído Ego y en simbiosis con la mente inferior que está enganchada en sus propias excreciones —usualmente pueriles—. Al contrario de Budi, humoroso y sabio, que tiene la libertad de actuar sin reacciones y sin sesgos, y mantiene la visión de conjunto de las cosas. Para eso se cultiva. No ha habido un hombre verdaderamente grande que carezca de sentido del humor, especialmente al verse a las seis de la mañana en el espejo.

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