Atalaya

El difícil arte de opinar

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Desde sus inicios lanzó la filósofía un manto de duda sobre la opinión [doxa]. De allí el carácter paradójico [para-doxa] que desde temprano le achacó el vulgo. Pues su camino [méthodos] fue el de preguntarse por la verdad, aunque ésta se encontrase lejos (o incluso en contravía) de la opinión establecida.

Fue un intento por descubrir la verdad de lo que el mundo era, su veraz fundamento, más allá de la variabilidad del mundo aparente y mudable que engañaba el juicio de los sentidos, y al margen de la voluble opinión de las masas. La tarea, pues, no era encontrar adeptos, sino preguntarse por el fundamento cierto de lo existente e indagar sobre la sutil organización del cosmos. Se trataba, en suma, de hacer a un lado los pareceres, siempre antojadizos, sustituyéndolos por la ciencia, o por el saber, si prefiere el lector.

Como estas disquisiciones entraron en franca pugna con la “verdad” establecida, como no coincidían con las vulgaridades que sobre el universo creía el pueblo, los filósofos fueron condenados a la incomprensión y a la soledad, cuando no al ostracismo o a la muerte.

La filosofía es la búsqueda desinteresada de la verdad. Y estas consideraciones vienen hoy al caso a raíz de dos columnas recientes que muestran en todo su esplendor lo que no es filosofía. Los textos a que aludo (ya habrá adivinado el lector que me refiero a las cuestionadas columnas de Claudia Palacios y de María Isabel Rueda), en cambio, proponen una serie de ocurrencias desacertadas sobre los temas que tratan.

El carácter paradójico de la filosofía no debe confundirse con la ostentación de unos argumentos irreverentes o audaces; se debe, más bien, a la distancia que media entre la creencia y la verdad. No se trata de escandalizar, sino de indagar, de sopesar, de pensar.

No habiendo filosofía, hay otra manera de hallar la verdad: coincidir con una opinión cierta; así, aunque se desconozca la causa, se acierta en el propósito. Oyendo lo que sobre una materia cualquiera dicen los sabios se puede adquirir una opinión verdadera, aun sin entender el fundamento que sustenta tal veredicto.

Pero he aquí que estas dos columnas —y las cito por ser recientes y paradigmáticas de un fenómeno muy extendido en el país— se dedican a confundir y a veces hasta a tergiversar y a engañar. Una, proponiendo un programa peligroso, xenófobo y burdo de eugenesia para perpetuar la “raza colombiana” y evitar la contaminación venezolana; la otra, aduciendo estudios inexistentes para favorecer obscuros intereses de multinacionales que anhelan recuperar el mercado de la fumigación con glifosato…

Y de esta manera, prejuicio tras prejuicio, ocurrencia tras ocurrencia y falacia tras falacia nos topamos con columnistas que sin rubor y con osadía exhiben su ignorancia y sus prejuicios, plagan sus escritos de opiniones fáciles que aplaude el vulgo, sí, pero que en todo punto nos alejan de la verdad.

@Los_atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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