Por: Juan Carlos Botero

El dilema de Iván Duque

Me preocupa mucho la reelección de Álvaro Uribe. Es decir: es ingenuo pensar que si Iván Duque gana las próximas elecciones, Uribe no tendrá ningún papel o influencia en su gobierno. Y cualquier papel o influencia que el expresidente pueda tener en el mismo, es motivo de inquietud. Ahora, esto no es un reparo a las muchas, muchas cualidades del candidato. Iván Duque es un hombre íntegro, honesto y trabajador, lleno de carisma, energía y juventud, justo las virtudes que se necesitan para liderar el país en este momento histórico.

Lo grave es que Duque no viene solo. Viene con Álvaro Uribe. Para unos eso tranquiliza; que la trayectoria del mayor ilumine y oriente al joven. A mí, en cambio, me alarma, porque a estas alturas no podemos ignorar la complejidad del expresidente, un líder con grandes atributos (valiente, luchador, disciplinado e incansable), y muchos, muchos defectos.

Basta recordar el gobierno de Juan Manuel Santos. Estos dos periodos han sido una pesadilla, para el presidente y para todo el país, debido a la polarización. Y todo comenzó por lo que muchos aceptaron sin cuestionar: que Santos traicionó a Uribe. A raíz de eso, el expresidente no le declaró la oposición al primer mandatario. Le declaró la guerra. E hizo cosas que ningún expresidente debería de hacer. Jamás. Llamó a Santos mafioso y corrupto, inventó la mentira de su alianza con el castrochavismo, filtró los diálogos secretos con las Farc en Cuba, y saboteó su gestión presidencial. Durante ocho años completos.

¿Y cuál fue el origen de esa tesis? Uno: que Santos nombró a gente enemiga de Uribe, y como éste no tolera el desacato, aquello era inadmisible. ¿Y quiénes eran estas personas? ¿Acaso eran ineptas o corruptas? Quizás unos gustan más que otros, pero todos eran profesionales serios como María Ángela Holguín, Germán Vargas Lleras y Rafael Pardo. Dos: Uribe no aceptó que Santos hubiera corregido relaciones con los países vecinos. Pero urgía hacerlo, y resultó mejor la diplomacia que la confrontación. Y tres: Uribe nunca perdonó que Santos no le ayudara a sus amigos enredados con la justicia. Como para Uribe el Estado de Derecho y sus leyes son apenas trabas a metas más urgentes, la inacción de su exministro era intolerable. Pero Santos no podía intervenir en eso. En suma, el rencor de Uribe no justificaba una oposición tan sucia y virulenta, y ante todo tan dañina para el país.

Uribe siempre creyó que Santos le debía la presidencia, y por eso esperaba, incluso exigía, obediencia ciega. Él jamás aceptó que Santos, al ganar las elecciones, se convirtiera efectivamente en presidente de la República, un jefe de Estado con autonomía y libertad de decisión. Uribe torpedeó el mandato de Santos porque él se sintió “traicionado”. De ese tamaño es su ego. Y aunque Uribe quiso que su exministro ganara las elecciones, tan pronto lo hizo no le perdonó su independencia. ¿Quién puede garantizar que eso no se repita con Iván Duque?

Espero estar equivocado, claro. Si Duque triunfa y Uribe se abstiene de interferir en su gobierno, o si Duque lo mantiene a raya, impidiendo que Uribe intervenga en forma indebida, sin convertir su régimen en una plataforma de venganzas personales, seré el primero en aplaudirlo. Pero, como dije, sería ingenuo no tener la inquietud. Y la inquietud es inmensa.

 

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