Por: Andrés Hoyos

El dilema del país devaluado

Pasar de ser un país devaluado, de tarde en tarde vendido a huevo, a ser un país valioso no es fácil.

Hablo obviamente de Colombia y no sólo de su economía, pero empecemos por ella. Ya no estamos en 2003 cuando la tasa de cambio rozó los tres mil pesos por dólar. La devaluación de nuestra moneda era entonces un vicio. Sin embargo, pese a que ahora el peso estira más, a veces demasiado, la baja autoestima colectiva todavía hace que valgamos poquito. Aquí el Estado no se atreve a pisar duro. No cobra impuestos a las claras, sino que tiene que recaudarlos por la puerta de atrás. Cada que paso por el peaje de La Calera en las goteras de Bogotá, para no hablar de los 100 mil pesos que cuesta ir y volver a Barichara, me digo que estos peajes son un impuesto oculto porque en ningún país serio le cobrarían a uno por rodar por carreteras maltrechas de un solo carril. ¿Quiere usted ir de Key West a Maine por la US 1? Lo hace sin pagar peajes y casi siempre por doble, triple o hasta cuádruple calzada, interrumpidas, eso sí, por semáforos. ¿Prefiere tomar el Turnpike? Ahí paga. El 50% de recargo a la nómina es otro impuesto oculto, que despelota la contratación y fomenta la informalidad. Un país devaluado entrega sus minas de esmeraldas a unos malandros a cambio de nada, permite que las compañías mineras ejerzan “creativamente” la contabilidad y mantiene las superintendencias con un mínimo de personal como para que no se ofenda el míster. En un país devaluado todo es pequeño y la gente es pichicata.

Tras un acuerdo de paz razonable, probable aunque no seguro a estas alturas, Colombia casi con seguridad crecería más rápido. Si luego es posible darle un viraje a la política antidrogas que minimice el narcotráfico, el dividendo sería doble. En ese momento la mayoría de los agentes económicos se beneficiarían. ¿Por qué no va a ser justo que entonces paguen algo más, dígase un impuesto a los dividendos y quizá unas sobretasas pro paz con fecha de vencimiento? Durante las dos presidencias de Uribe una hectárea en zona de conflicto pasó de valer centavos a valer millones. ¿Cuánto pagaron los dueños al Estado por esta valorización? Prácticamente nada. Esto no es justo. Incluso, si me presionan, diría que es suicida como política general porque abre la puerta al populismo, que hoy es de derecha y guerrerista pero que mañana podría ser de “izquierda”, tipo chavista (aunque sin renta petrolera, lo que haría que dure menos).

Un país devaluado se asoma tímidamente a la escena internacional y se ruboriza cuando gente de otras partes lo mira con interés y hasta muestra ganas de irse a vivir allí. Protagonizamos el consabido escándalo por la pérdida de mar en el Caribe, pero en cambio seguimos agachando la cabeza en la política antidrogas, que es mucho más importante. “Señor Obama, ¿sería usted tan amable de tal vez atendernos un momentico para que hablemos de la política (desastrosa) que su país inflige al nuestro desde hace cuarenta años?”. Este tono no lleva a ninguna parte. Un país con autoestima actúa de forma unilateral y luego se ocupa de las reacciones de los demás.

Muchos agentes políticos colombianos sufren de complejo de inferioridad. No podemos competir, no podemos mejorar la educación pública, no podemos investigar, no podemos hacer la paz, no podemos evitar que roben, no podemos administrar en forma decorosa una ciudad. ¿Y entonces qué demonios podemos hacer?

andreshoyos@elmalpensante.com

@andrewholes 

 

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