Por: Nicolás Rodríguez

El discreto encanto de la burguesía

CRECÍ LEYENDO MAMOTRETOS contra el consumo. Consumiéndolos.

Siempre hubo con quién y dónde enfrascarse en interminables discusiones acerca de lo enajenado (esa palabreja que uno siempre quería utilizar) que se encontraba el hombre en una sociedad de masas, por obra y gracia del desarrollo industrial capitalista y de la libre circulación de bienes y servicios. También era de rigor, es obvio, el consumo de bufandas y sacos con coderas que probablemente tejió más de una dedicada abuela. No faltó el sobreactuado de la pipa para ir al cine ruso, cita obligatoria de cada semana. Y la película, que si larga, muda y en blanco y negro, mejor.

Eran otras épocas, con seguridad más llevaderas que las de los setentas. Pero el tema es que la mamerta retahíla persiste casi idéntica. Los llamados a la militancia, a no comer McDonald’s con Coca-Cola (no importa si es en lata) se han hecho tan reiterativos que uno ya se lo piensa antes de ingresar a un mercado de las pulgas.

Claro que la publicidad es engañosa (¿de qué serviría si no?) y claro que lleva a hábitos innecesarios. Bastará entrar a una tienda de variedades cosméticas y demás, tipo Fedco, para encontrar vitaminas que aseguran fuerza, vigorosidad, frescura, energía, rejuvenecimiento y los otros cantos de sirena con los que nos tiene hastiados (¿o es enajenados?) la cultura de lo BioNatural.

Con todo, considere el lector lo que sería de su día a día sin electrodomésticos, sin lavadoras, estufas y neveras, como lo querían los más radicales, los mismos que llegaron a suponer que el consumo de estos afamados aparatos era parte sustancial de una estrategia (¿de los administradores de los supermercados?) encaminada al control de las mentes (el enajenamiento, ahora sí) de las clases populares. Y así, sin más, pretendían detener la democratización del secreto encanto de la burguesía. Que no es ni secreto, ni encantador. Simplemente necesario y vital, como quien guarda una cerveza fría en la nevera.

Ahora veo que me tomó 30 años darme cuenta de que la felicidad está en la compra de una licuadora, ojalá Oster, para pasarse haciendo jugos un día entero de verano.

 

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