Por: Nicholas D. Kristof

El discurso de los sexos

UNA DE LAS OPORTUNIDADES PERdidas en la temporada de elecciones primarias fue que Hillary Clinton nunca pronunció un discurso sobre los sexos que fuera comparable al discurso de Barack Obama sobre la raza.

Eso fue comprensible: ella no quería ser reducida a la “candidata”. Sin embargo, un discurso de esa naturaleza pudiera haber disparado una útil conversación nacional con respecto a la mujer en puestos de liderazgo, y así, Sr. Obama, ahora de usted depende: ¿Por qué no pronuncia ese discurso? A continuación le ofrezco algunos persuasivos puntos de apoyo:

(Se abren cursivas) El racismo es más profundo, pero el sexismo, quizá, prevalezca en mayor medida en Estados Unidos actualmente (Se cierran cursivas). En sondeos de opinión, más estadounidenses dicen que estarían dispuestos a votar por un candidato negro que por un candidato del sexo femenino, al tiempo que se oyen más comentarios críticos y de tipo sexista en público que de tono racial.

Se presume, en parte debido al sexismo (y también debido a la autoselección), que las mujeres actuales siguen teniendo escasa representación en la esfera política. Las mujeres constituyen más o menos 23 por ciento de los legisladores en los 50 estados, porcentaje que ha aumentado sólo ligeramente en los últimos 10 años. Sumado a lo anterior, el ámbito de los comentaristas está integrado abrumadoramente por varones, razón por la cual los partidarios de la Sra. Clinton se sintieron injustamente atacados.

(Se abren cursivas) No siempre estamos conscientes de nuestros prejuicios. (Se cierran cursivas). Algunos de los partidarios de la senadora Clinton están seguros de que ella fue derrotada por la misoginia, al tiempo que quienes votaron en contra de ella, invariablemente, se muestran desdeñosos: (Se abren cursivas) La razón por la cual no voté por ella no tiene que ver con que sea mujer. Lo que sucede es que ella es una oportunista dinástica que votó a favor de la guerra en Iraq, y ... (Se cierran cursivas). El truco está en que abundantes investigaciones sicológicas demuestran que, a menudo, somos moldeados por estereotipos de los cuales somos inconscientes. Muchos estudios les han presentado a sujetos en estudios exactamente el mismo currículum vitae, alternando entre un nombre masculino y uno femenino. Normalmente, el varón es percibido como el mejor candidato para puestos ejecutivos —incluso entre personas bienintencionadas que están en contra de la discriminación de sexos, e incluso entre mujeres—.

A final de cuentas, nada de lo anterior demuestra o deja de demostrar la tesis en cuanto a que el prejuicio de sexos fue uno de los factores a considerar en la elección. Pero si Clinton se vio afectada por el sexo, su problema no fue tanto los misóginos como los hombres y mujeres ordinarios que creen en la oportunidad igualitaria ... pero también están condicionados a pensar que un presidente habla con voz ronca.

(Se abren cursivas) Un conservador pudiera terminar como la primera presidenta (Se cierran cursivas). El primer presidente católico de Estados Unidos, John F. Kennedy, no era “muy católico”. De la misma forma, el primer presidente negro probablemente no sea “muy negro”, ya sea en el tono de su piel o en cuanto a una historia personal en la lucha por los derechos civiles. De manera similar, la primera presidenta probablemente no sea “muy femenina”, en el sentido que surge del movimiento femenil.

La ex primera ministra británica, Margaret Thatcher y Ángela Merkel, actualmente la Canciller alemana, ambas conservadoras sin asociación con el movimiento femenil, ofrecen pistas del tipo de mujer que pudiera elevarse hasta la Casa Blanca. O consideren a la difunta senadora Margaret Chase Smith, la primera mujer nominada para presidenta (en Estados Unidos) en una importante convención política del partido. Ella era republicana.

(Se abren cursivas) Las mujeres marcan una diferencia en política, aunque no mayor (Se cierran cursivas). Cuando las mujeres obtuvieron por primera vez el derecho al voto en 1920, se suponía que ellas serían de gran ayuda para los demócratas, quienes habían sido más receptivos al sufragio de la mujer. Pero, en vez de ser así, los republicanos ganaron las tres siguientes elecciones por la Presidencia de Estados Unidos. Hoy día, la mejor guía sobre la conducta de un senador en las votaciones radica en su partido político y estado nacional, no en su sexo.

De cualquier forma, han sido las mujeres en el Congreso, y por mucho, quienes han defendido o promovido temas como la planeación familiar y los derechos al aborto, y al parecer se muestran ligeramente más atentas a inquietudes relacionadas con la discriminación de sexos. De manera menos perspicaz, las mujeres fueron participantes cruciales para lograr la Prohibición.

(Se abren cursivas) La política puede marcar una diferencia para las mujeres (Se cierran cursivas). Si Obama quiere demostrar que los temas de los sexos no están en su radar, podría acoger un tema por el que ningún presidente ha mostrado interés: la mortandad materna, el tema huérfano de la salud pública en todo el mundo. Es una desgracia que cada minuto, una mujer muere al momento del parto en algún lugar del mundo.

En algunos países africanos, una mujer enfrenta un riesgo de uno en 10 de morir al momento del parto. Si los hombres estuvieran muriendo a ese paso por (Se abren cursivas) convertirse en padres (Se cierran cursivas) de niños, el G-8 estaría llevando a cabo urgentes reuniones cumbre.

No obstante, el presidente estadounidense, George W. Bush, de hecho, propuso una reducción de 18 por ciento en 2009 en el escaso presupuesto de nuestra dependencia de ayuda para cuidado materno e infantil en el extranjero. La planeación familiar, que reduce los embarazos y, por tanto, también previene los abortos y las muertes maternas, sufre perennemente por la falta de recursos.

¿Qué mejor forma de reparar la estatura de Estados Unidos en el mundo que una importante iniciativa en nombre de mujeres que mueren a causa de hemorragias en remotas aldeas, pagada con, digamos, dos semanas del gasto en Iraq? Si trabajamos con el Reino Unido y Noruega, los dos líderes mundiales con respecto a este tema, podríamos salvar las vidas de 300.000 mujeres cada año.

Esto verdaderamente sería un legado noble de este debate de campaña con respecto a los sexos y la política.

*Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.

 

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