Por: Columna del lector

El discurso del héroe caído

Donald Rumsfeld es el rostro de Afganistán, Irak y Guantánamo, los colosales fracasos con que Estados Unidos arrancó este siglo.

Dependiendo de a quien se le pregunte, ese rostro representa dolor (para las víctimas), traición (para los líderes y ciudadanos que respaldaron una guerra de motivos engañosos), carga política (para los republicanos que aún no se recuperan) o, en síntesis, algo vergonzoso. Pero en “The Unknown Known”, un documental donde Errol Morris lo entrevista en extenso, el ex secretario de Defensa del gobierno Bush se muestra tranquilo, alegre. Hasta satisfecho.

Morris, quien es un crítico afilado y un periodista de método riguroso, lo cuestiona sobre temas álgidos de su vida política, que nació un poco antes del gobierno Nixon. Rumsfeld contesta con sagacidad, les da vuelta a las palabras, cuestiona sus significados y sale invicto. Una pugna sobre la verdad se convierte en un debate epistemológico tácito. No hay la más remota señal de arrepentimiento. No se dan razones para la guerra de Irak. No se admite ningún error, ni se da espacio para considerar motivos ocultos. Lo que sí hay es una narrativa que Rumsfeld parece creer de corazón: la de Estados Unidos (y de sí mismo) como un héroe caído.

En uno de los apartes se muestra el descontento del secretario con lo “desagradecidos” que son los países del Medio Oriente. No entienden que los americanos sólo quieren ayudarlos. Y esa es su posición sobre los conflictos de la administración Bush. Cerca del final, Rumsfeld se burla del presidente Barack Obama quien, según él, a pesar de haber criticado las políticas de defensa de Bush, no ha desmantelado ninguna de las instituciones relevantes que se armaron en el gobierno pasado. “Eso nos valida un poco”, dice Rumsfeld con su sonrisa intacta.

Tiene razón. Y no solo en eso. Su actitud y su discurso son un reflejo de los gobiernos de Estados Unidos, sean demócratas o republicanos. Los norteamericanos se creen los portadores de las banderas de la libertad y la democracia, y ningún tipo de realidad fáctica parece derrumbarles el espejismo: su intervencionismo es justo, necesario. No en vano Obama, en su discurso de aceptación de ese curioso Nobel de Paz, hizo una reivindicación de la importancia de las guerras justas.

La habilidad de Rumsfeld con las palabras es también viva imagen de los argumentos diplomáticos y legales de Estados Unidos a nivel internacional. En la retórica de sus gobiernos no existe la verdad. Por eso los capturados en Irak no eran prisioneros políticos, por eso hablaron de técnicas avanzadas de interrogación y no de tortura, por eso firman tratados que obligan a otras naciones pero que ellos no ratifican. Por eso Obama duerme tranquilo pese a que sus drones no entienden de debido proceso.

Ese discurso heroico oculta los motivos menos altruistas del intervencionismo y de la hipocresía diplomática, pero su flexibilidad es la puerta de salida para no sentir culpa. Y eso es lo terrorífico del documental: que no parece haber un cinismo ulterior detrás de la sonrisa de Rumsfeld; que, como escribió Morris para The New York Times, detrás de la sonrisa “no hay absolutamente nada”. Sólo, tal vez, una banderita estrellada ondeando con orgullo. 

Juan Carlos Rincón Escalante *

 

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