El disparate oficial

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El asalto al Capitolio del pasado 6 de enero fue más que un motín de contradictores desesperados por la pérdida del poder de su líder. Los colectivos iracundos que entraron al Capitolio gritaban consignas extrañas sobre una élite oculta que gobierna el destino del nuevo tiempo, sobre figuras políticas que sostienen su anonimato en una secta de adoradores del inframundo, bebedores de sangre de niños y dispuestos a defender su hegemonía contra la moral y la tradición del viejo poder. Gran parte de esas masas pertenecen a QAnon: la teoría de conspiración de la extrema derecha estadounidense que ha reunido los retazos de las antiguas especulaciones de los protocolos de los sabios de Sion y del pizzagate: esa otra teoría fraguada por los enemigos envenenados de Hillary Clinton que lograron posicionar el disparate oficial de una red de restaurantes ligados al tráfico de personas y al abuso infantil entre demócratas. Con esas consignas repetidas y con los rostros solemnes de los iluminados y elegidos para difundir un secreto profundo rompieron las barreras de seguridad del Congreso y entraron al centro del poder donde debían estar solo ellos: los conocedores de una realidad trascendental que les ha sido revelada para salvar el mundo.

Con esa misma solemnidad de redentor, Trump ha capitalizado el auge de los disparates masivos para posicionar su discurso alternativo y destructor, y lo han empezado a capitalizar también los populistas de las repúblicas bananeras del sur que deben buscar otros discursos útiles y alternos a los fracasados para apelar nuevamente a las emociones perdidas. Los miedos a los que acudieron en elecciones pasadas, bajo otros paradigmas, han relegado sus argumentos a los contextos modernos de una emergencia mundial de salud que cala perfecta entre nuevos ideales de culpa y entramados de misterio y ligereza que los lunáticos con retórica envolvente han adaptado a sus nuevas argucias, y han resultado verosímiles para una gran comunidad desinformada y azotada por los fraudes de una sociedad en todas sus representaciones de poder; allí ha sabido ingresar la astucia mezquina y vulgar de la política para embaucar votantes potenciales con los síntomas visibles de la decepción. Apelan entonces a la invención y a las luchas colectivas contra nuevos enemigos públicos.

Así lograron estructurar sus nuevas agendas los caudillos de rabia y babaza de fábulas de espanto como Álvaro Uribe, Jair Bolsonaro y sus afines pastores de la salvación. Usaron exactamente el mismo discurso y han nombrado al periodismo su principal adversario y el culpable visible de la decadencia, avivando otros canales no oficiales para difundir distopías y falacias que alimentan la oleada emocional que movilizará los adeptos necesarios de sus próximas candidaturas. Trump lo ha llevado a las ultimas atmósferas de lo posible, y después de la incursión de esa horda de fanáticos conspiranoicos en las entrañas del Capitolio, el Pentágono ha aprobado el uso de armas a la Guardia Nacional para custodiar el edificio durante de la decisión del nuevo impeachment y los preámbulos del 20 de enero. Se puede ver todavía la imagen surreal de soldados en el suelo de los pasillos del capitolio, esperando una posible aparición de fanáticos dispuestos a morir por el mundo que se muere con ellos.

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