¿Cómo responder a los retos en materia de medio ambiente y desarrollo sostenible?

hace 2 horas

El divorcio después de los 70 años

El Espectador de 25 de marzo publicó la nota titulada “Divorciarse a los 70 años, ¿por qué no?”, y para justificar el divorcio dice que “Los expertos aseguran que hay notables diferencias de género en la decisión… las mujeres buscan tranquilidad; los hombres, muchos, alegría para el cuerpo —la viagra hace milagros— y compañía para la mente”.

En la época actual la vida estable en pareja es una ilusión, porque las personas se unen sin compromiso, la ley facilita el divorcio por causas nimias y los apologistas del divorcio están de moda. La familia, en sentido estricto, formada por padres e hijos, según la Constitución, es la célula o núcleo fundamental de la sociedad. Si se quiebra o desaparece, el Estado difícilmente puede lograr el ideal de la sana convivencia y del progreso de la Nación. La vida en pareja sin discrepancias, en paz perpetua, no pasa de ser un ideal. Cada día trae su afán y la familia, la sociedad y el Estado tienen la obligación, que nunca han cumplido, de preparar a los integrantes de la comunidad doméstica para encontrar solución adecuada a las dificultades propias de la convivencia. De esta manera la felicidad en el matrimonio y en la UMH se genera por la satisfacción de haber superado la escasez de dinero, la enfermedad, el desempleo, la muerte de un ser querido, y claro, por saborear el éxito de la pareja o de los hijos que se gradúan con distinciones. La lista es larga.

Tener pareja nueva entre los 20 y 50 es muy fácil, si además se tienen dinero y fantasías para complacerla. Tenerla luego de esta edad es fácil si se tiene dinero.

Lo que no se justifica es que el dinero o pensión que se reciben en la edad adulta y generalmente han sido fruto del trabajo conjunto con la pareja que se ha abandonado, la que llega, sin hacer ningún aporte, la disfrute gracias a la tontería del anciano o anciana que falsamente creen que han logrado una conquista.

La estabilidad del matrimonio depende en gran parte de que la pareja se case todos los días con la misma persona y siembre la semilla de la sana convivencia para que en la edad adulta marido y mujer tengan a flor de labios una sonrisa porque pueden caminar en el jardín casero tomados de la mano, evocando felizmente las épocas pasadas.

Pero si en la edad madura se empecina la persona por el divorcio, que lo haga, pero que por lo menos deje garantizado el pago de los alimentos para que su pareja abandonada pueda sobrevivir dignamente y amainar en parte el dolor que le causa el sentirse suplantada.

Carlos Fradique-Méndez.  Bogotá.

El embajador y las Islas Malvinas

El domingo 7 de marzo en la sección Alto Turmequé apareció una versión según lo cual yo habría dicho en una conversación con periodistas en el diario The Guardian en Londres que Colombia apoya la posición del Reino Unido en la controversia sobre las Islas Malvinas. Para ser preciso, lo que dije en ese comentario informal fue que Colombia reitera su llamado para que el caso se resuelva por las vías diplomáticas con la ayuda de Naciones Unidas.

 Mauricio Rodríguez Múnera.  Embajador ante el Reino Unido

Basta de ignominias

El Partido de Integración Nacional (PIN) —auspiciado entre otros funcionarios por el gobernador del Valle— eligió sorpresivamente siete u ocho congresistas en el departamento. ¿De dónde salieron estos nuevos “padres de la patria”? ¿Quién puso el dinero para financiar sus campañas? ¿A qué compatriotas suplen? ¿Cuál es su trayectoria política? Preguntas que nos hacemos la mayoría de ciudadanos honestos, cuyas respuestas queremos conocer de las autoridades competentes que deben investigar y juzgar sus actuaciones. Este caso lo menciono por llamativo, pero pueden existir otros similares que merecen nuestro repudio.

Extraña la pasividad de algunas “fuerzas vivas” que parecen muertas; razón por la cual, en mi condición de ciudadano con fe en el espíritu cívico de mis compatriotas, propongo que, como seres libres e independientes, reflexionemos sobre la manera más civilizada de hacer oír nuestras voces de rechazo a delitos contra el sufragio y a la violación de la voluntad de las mayorías. Tenemos la obligación de hacer respetar las instituciones democráticas y el derecho al voto en conciencia, libre de presiones y corruptelas, en especial de aquellas que se ejercen con el dinero proveniente del narcotráfico, a las cuales posiblemente nos estamos acostumbrando porque se practican sin castigo desde hace muchos años.

Para logar estos objetivos, la mejor conducta es la manifestación expresa y pacífica de la voluntad popular contra fuerzas ajenas a nuestros principios y costumbres, pues ella constituye, por sí sola, un poder casi insuperable. Si fallamos en nuestros propósitos tendríamos que decir como el poeta: “siquiera se murieron los abuelos”; ellos no perdonarían que el país se desmoronara ante nuestros ojos indolentes por no salvaguardar los valores morales y las costumbres sanas que inculcaron en sus hogares.

Mermémosle también al egoísmo de las élites que tienen la capacidad de imponer su voluntad, a veces en detrimento de los derechos de la mayoría de colombianos pobres, que no tienen voz ni nada que perder y que no votan porque piensan que su opinión no cuenta.

Tenemos que empezar por cambiar nuestra forma de pensar y de actuar como ciudadanos, con el fin de defender nuestros derechos y cumplir con nuestras obligaciones frente al sistema democrático, al Estado de derecho y a las instituciones civiles. Comprendamos que los derechos del individuo tan sólo se consiguen si cumplimos con las obligaciones sociales. Y aprendamos que la vida en comunidad de la persona no más se justifica y entiende si tiene por finalidad el bienestar del ser humano que por su propia voluntad, independiente y libremente, reconoce y respeta los derechos de los ciudadanos si desea vivir en un país en paz.

 Jaime Borrero Rengifo.  Bogotá.

Envíe sus cartas a [email protected].

Buscar columnista