Por: Beatriz Vanegas Athías

El dolor humano

No es la prioridad del siglo XXI apaciguar el dolor humano. El viraje hacia los gobiernos de derecha de países como Colombia, Brasil y Argentina (aupados por el muñeco esquizofrénico Donald Trump), que anteponen el bienestar individual o de un grupúsculo ante el bienestar colectivo, confirma el interés por entronizar el sufrimiento humano, animal y vegetal como un destino. Porque el sufrimiento ahora prodigado no solo se dirige del humano depredador al otro humano depredador, sino del humano depredador a los animales, a los cuerpos de agua, a los bosques, selvas y manglares. El sufrimiento y el dolor llegan a la mayoría de los habitantes de estas naciones y provocan una alteración violenta y brusca de la existencia. Desequilibran la razón y ponen a prueba el alma, sobre todo si se trata de un dolor que se padece injustamente. Resulta inevitable detenerse frente a él e intentar responder los interrogantes que plantea.

El dolor provocado por gobiernos de países como Colombia es un dolor que trasciende lo individual y lo colectivo. El apilamiento de cadáveres y muertos en vida (en hospitales, proyectos como Hidroituango o de seres desamparados por inundaciones como en el departamento de Chocó) es un espectáculo que traumatiza la mente de quien lo vive, pero (y esto sí que es el fondo) no de quien lo observa y, por tanto, no suscita empatía, pena, horror, indignación o rebelión. Entonces ocurre una suerte de resquebrajamiento del equilibrio mental del individuo que padece, que lo desconcierta y le siembra dudas sobre la supuesta armonía de su mundo, de sus virtudes e ideales.

Toda persona busca la felicidad en sus diferentes versiones y estados: la serenidad del anonimato que al menos le permita tener la nevera llena, la realización a través de una familia a la cual poder educar, la creación de un aporte intelectual, la vida en la soledad de un credo religioso que sostiene sus días, pero el dolor aparece como un obstáculo a esta inclinación natural y universal. Conviene plantear este interrogante: ¿podemos ser felices si sufrimos?

Entonces en las mentes de los habitantes de pueblos más allá de Bogotá, donde se define la dosis de dolor y sufrimiento que a su vez sostiene la placidez de los causantes o victimarios, pareciera que se instalara la tesis sostenida por el escritor paraguayo Mario Halley Mora: “Nunca deseó nada, porque estaba adiestrado a que todo le fuera negado”.

Así reina y se normaliza el dolor como una manera de trascender, de estar en el mundo, como un destino. Como una de las estrategias más ignominiosas de gobernar un país para que las víctimas o testigos de los hechos señalen que el sujeto se lo tiene merecido y su dolor no despierte compasión.

La no compasión es el estado del que se lucra el victimario: “Se merecían morir así porque se oponen al progreso”, dicen y hacen decir a los indiferentes. Este Gobierno lo sabe muy bien: el sufrimiento humano es una necesidad y quien intente apaciguarlo es un vacuo que hay que desaparecer, porque para eso es el dolor.

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