Por: María Antonieta Solórzano

El dolor y la reflexión curiosa abren el corazón

Los momentos trascendentes son aquellos que nos iluminan acerca del sentido de la vida.

Cuando suceden, afinamos la habilidad para conversar con el corazón, que siempre nos invita a la concordia y a la compasión.

Lo curioso es que la puerta de estas conversaciones se abre con dos llaves. La primera es el encuentro con el dolor y la segunda la reflexión, que construye sabiduría.

Así, al iluminar tanto la adversidad como las bendiciones con amor, nuestra conciencia se amplía para cumplir con su función transformadora, aquella de conectar entendimiento, corazón y espíritu.

Es frecuente que, en las conversaciones cotidianas alguien diga: “Sí, yo soy consciente de que cada vez que mi jefe me llama la atención me deprimo. Mi padre era muy descalificador conmigo, y cuando la escena se repite me siento de nuevo como un niño paralizado de miedo”.

Es clave aclarar que con estas frases no estamos hablando de la conciencia transformadora, más bien estamos hablando de que notamos, percibimos y relatamos lo que sucede, que estamos despiertos.

En cambio, la conciencia se amplía si nos detenemos a sentir la parálisis y acariciamos el sufrimiento con la misma actitud con que una madre abraza a un niño pequeño que acaba de golpearse y se levanta lloroso diciendo: “Me lastimé”.

Acontece que si acogemos el dolor y nos mantenemos en contacto paciente y amoroso con él, la inmovilidad que nos impone comienza a deshacerse y, en consecuencia, recuperamos la agilidad.

De esta suerte, el jefe autoritario ya no es más un recuerdo del padre, pero sobre todo, y más importante, nos damos cuenta de que nosotros tampoco somos ya unos chiquitos indefensos.

Nuestro lugar en el mundo se ha transformado. Ahora dueños de nuestra fuerza podemos enfrentar la adversidad, acoger el dolor nos ha permitido trascender, despertar la conciencia y darle un lugar al amor con mayúsculas.

La otra posibilidad, la de la reflexión que nos invita a la sabiduría, surge cuando al sentir el dolor nos atrevemos, con esa ingenuidad que caracteriza el estado mental que no busca la racionalidad, que no reduce el milagro del amanecer a un cambio en la rotación de la tierra, a preguntarnos: ¿acaso soy yo mi pasado? ¿Acaso soy yo sólo un niño indefenso? Momento mágico en el que desde la limpieza de la espontaneidad permite al espíritu deshacer la identificación del ego con el niño indefenso y revelarnos lo esencial. En ese instante, el autoritarismo del dirigente no define nuestro valor, sólo habla de quien es él.

Al practicar estas dos disciplinas, nuestra vida trasciende: la compasión y la concordia nos habitan.

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