Por: Diana Castro Benetti
Itinerario

El don

Hay sociedades donde prima el cansancio. De tanto correr no queda sino el colapso: la guerra, los abusos, las agresiones, demasiada indiferencia y un insulto diario. Error y fracaso. Se odia al rico por rico, al feo por feo y al pobre por pobre. Angustia y desasosiego que hace de un buen vecino la perfecta amenaza. El esfuerzo es visto como inutilidad y los días son para Sísifo.

Y es que en la sociedad del miedo y de la usura, el deseo se reduce a la adicción, a la necesidad compulsiva, a la transacción mercantil. Se mira al otro más desde la lujuria y nunca desde la compasión. La compañera o la desconocida, el vecino o el extraño existen casi para ser despreciados. Se reduce el individuo a mercancía hasta desaparecerlo en la política, la guerra o el sexo. Una sociedad donde reina la agresión enconada y donde el triunfo es para el mediocre que la encarna es el escenario perfecto para exaltar la inutilidad de los argumentos. Nadie más vuelve a escuchar. Todos los días construimos con ahínco una sociedad de sordos donde el narcisismo es tendencia.

Aun así, por instantes, está el don, pequeña rendija que hace del otro una bondad y de su vida una celebración. Instantes de contemplación donde ver la diferencia en alguien es el atisbo de la belleza y donde los momentos para estar juntos son la alegría de vida. Donar es un desprendimiento de sí y la posibilidad de la plenitud; el don aparece en el más nimio acto de dar y de recibir, en la relación, en la acción simple que acorta distancias. El don como intercambio es un borde donde, al ver el mundo con ojos inocentes, no hay fracaso y mucho menos ineptitud.

Evadir la esfera de la patanería o vivir el mundo con la amplitud de corazón no tiene por qué ser el indicio de una idiotez naciente ni la consagración de la vida de un santo. Tampoco una exaltación tántrica. Ver que el otro no es enemigo requiere algo más que simpatía; requiere inteligencia y sensibilidad. Apreciar la existencia del otro es el arrojo y la delicadeza que permanecen en los que buscan la lentitud y la pausa imperceptible. Ver el don de los otros es reconocer el don propio, esa pizca de arcaica sabiduría en extinción.

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