Por: Armando Montenegro

El drama de Falcao (y de Colombia)

Si nos atenemos a los resultados recientes, el sitio de Falcao en la selección Colombia no es nada claro.

En su breve tránsito por el Mónaco, un equipo mediocre y desteñido, sufrió una lesión que lo alejó del Mundial y luego, apenas recuperado, fracasó en una escuadra de primer orden en la liga Premier. Ospina o James, en cambio, han corrido con mejor suerte y tienen los méritos necesarios para ser los capitanes del equipo nacional. Y en cuanto a la alineación titular, Bacca y Jackson, a pesar de haber sido los goleadores de sus equipos, el Sevilla y el Porto, van a calentar la banca.

La decisión de Pékerman es arriesgada. No le apuesta al fútbol que Falcao está jugando sino al que el técnico cree que el samario todavía tiene por mostrar. Si este triunfa, marcará goles de fantasía y liderará un equipo que se lucirá frente a los observadores de todo el planeta. Conseguiría así una especie de desquite frente a Van Gaal, los periodistas británicos y todos los que pensaron que nunca había superado la lesión de su rodilla o, inclusive, frente a los que, a pesar de sus goles en el Atlético de Madrid, nunca creyeron que tenía la capacidad de brillar en un equipo como el Manchester United (dirán estos escépticos que James también pasó por equipos como el Mónaco y el Porto, pero que supo descollar en el Mundial y fue capaz de ser una estrella en el Real Madrid).

Si Pékerman se equivoca, las consecuencias serían graves. Falcao se hundiría irremediablemente en su crisis de inseguridad y tristeza, y tal vez nunca más pueda volver a jugar en equipos de primer nivel. Su destino inmediato será, probablemente, el regreso al Mónaco, y de allí en adelante, casi con 30 años de edad, vendría el declive, el fin de un sueño brillante, frustrado por los durísimos golpes de la mala fortuna. Y eso no sería todo. Si falla el capitán, es probable que Colombia no alcance los primeros lugares en la Copa América y sufra reveses como algunos del pasado que quisiéramos olvidar. Si pierde en su gran apuesta, la confianza de los colombianos en Pékerman, hoy bastante más popular que cualquier otro personaje del país, comenzaría a resquebrajarse.

Falcao vive un drama atípico entre los héroes populares de Colombia. Su caso es diferente al de Pambelé, Asprilla y tantos otros —superdotados, geniales, con una enorme facilidad para sus deportes—, que no lograron todo lo que hubieran podido por su falta de constancia y disciplina. Si el Tigre no llega a la cima, no serán suficientes su dedicación, integridad y sacrificio para resguardarlo del fracaso; no coronará su carrera a pesar de su obsesiva y terca búsqueda de la perfección.

Uno diría que Falcao no se merece la suerte que ha tenido y que, en rigor, tiene una especie de derecho a una revancha que por fin le devuelva el lugar en el que creemos, queremos, debería estar. Seguro esta es la revancha de la que Pékerman y tantos colombianos están convencidos va a tener lugar en la Copa América. Si por alguna razón las cosas no se dan —diciéndolo en riguroso y preciso lenguaje futbolístico—, Falcao entrará a la larga galería de los que pudieron ser y no fueron. En ese momento recibirá el cariño y el agradecimiento de un país que soñó con su carrera, con sus goles y sus luchas, pero que también comprende que la mala suerte a veces se ensaña con quienes menos se la merecen.

 

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