Por: Arlene B. Tickner

El drama de la visa

Sin duda, uno de los mayores logros diplomáticos del gobierno Santos ha sido la eliminación del visado para los colombianos en algunas partes del mundo.

De un país cuyos nacionales han sido estigmatizados en el pasado en un grado comparable a los de Irán, por la fama heredada de los narcos y la guerra, poco a poco la imagen negativa de Colombia se ha ido cambiando por la de un lugar estable económicamente, con gente trabajadora e instituciones que funcionan, y hasta seguro.

En consecuencia, según el Ministerio de Relaciones Exteriores, el número de estados que no exigen visa, la mayoría de América Latina y el Caribe, ha crecido a 34. Además de su supresión reciente por Belice, Israel, México y Turquía, la República Dominicana lo hará pronto, así como la Unión Europea, con lo cual la Schengen será cosa del pasado. Así, se sumarán 27 más a la lista de destinos donde viajar con pasaporte colombiano deja de ser una absoluta pesadilla.

No menos significativo, los tramites del visado para destinos turísticos, de negocios y de estudio neurálgicos, como Estados Unidos y España, se han vuelto hasta amables en comparación con lo que eran antes, más ágiles, y con tasas de aprobación mayores. Según funcionarios consulares estadounidenses, un 85% de los colombianos que solicitan una visa para no inmigrante la obtiene, mientras que su vigencia se amplió a diez años. En el caso del consulado español, son más bajas aún las cifras de rechazo.

Pese a esto, el drama de la visa continúa. No solo se sigue pidiendo en hartas latitudes y con requisitos que rayan con lo absurdo, sino que la reducida cantidad de misiones diplomáticas que hay en Colombia torna surreal el proceso para conseguirla. A diferencia de países comparables como México y Argentina, que albergan en sus respectivas capitales unas 88 embajadas, en Bogotá hay 58. Mientras que decenas de gobiernos extranjeros tienen cientos de consulados en otras ciudades no capitalinas de aquellos, en Colombia —con excepción del consulado de China en Barranquilla—, tan solo nuestros vecinos ofrecen servicios consulares y en un pequeño puñado de oficinas fronterizas. Como resultado, hasta el año pasado, si un colombiano quería visitar Australia —donde residen y estudian miles de connacionales—, debía acudir a Santiago de Chile para pedir la visa. Y si hoy decidiera viajar al continente africano, debe prever el envío de papeles junto con su pasaporte en físico a lugares tan distantes como Washington, D.C. (para Botsuana y Mozambique), Brasilia (para Camerún, Ghana, Senegal y Zimbabue), Caracas (Sudáfrica y Nigeria), Buenos Aires (Túnez y Congo) y México (Costa de Marfil).

Si lo anterior plantea dolores de cabeza para turistas y estudiantes, para las empresas que buscan explotar las oportunidades comerciales ofrecidas por la globalización, constituye una franca barrera. Por ejemplo, hacer una gira de negocios por los Civets, el acrónimo competidor de los Brics en cuanto a crecimiento y mercados explotables, exige cuatro visas (Indonesia, Vietnam, Egipto y Sudáfrica), de las cuales dos deben tramitarse en Ciudad de Panamá y Caracas. Puede que el peso de ser colombiano se haya reducido, pero el discurso de un país insertado en y aceptado por el mundo está lejos todavía de la realidad.

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner

La vieja “nueva” política exterior de Duque

Peor que Somoza

Surrealpolitik

Apuesta por un nuevo país