Por: Eduardo Barajas Sandoval

El drama de nuestra incredulidad

Más grave aún que la prolongada campaña sucia que salpica a las instituciones es la apatía ciudadana en momentos decisivos para nuestro destino. No se trata de censurar simplemente a quienes no votan. El problema es más profundo y exige establecer qué es lo que hay, o lo que no hay en nuestro sistema político, que conduce a que la democracia de la que tanto nos ufanamos haya sustentado por décadas gobiernos que escasamente cuentan con el apoyo de una cuarta parte de los ciudadanos.

Nuestro país orienta sus energías en las direcciones más diversas y son muchos los que hacen patria, sin mencionarlo siquiera, con su trabajo en ejercicio del esfuerzo cotidiano por sobrevivir. También son muchos los que hacen política, a su manera, porque se organizan y reclaman oportunidades, derechos, o verdades. Pero son muy pocos los que se acercan a las urnas, tal vez porque no encuentran propuestas que los motiven a acudir, o porque ven en los procesos electorales una farsa en la que no quieren tomar parte. Así queda despejado el camino para que las elecciones sigan siendo un ritual minoritario.

Por ese camino se reincide en escoger un congreso precario y se eligen presidentes, gobernadores y alcaldes que tienen que gobernar contra la corriente de la apatía y la desconfianza, sin la presencia de una oposición constructiva, en nombre de unas instituciones diseñadas como para otro país. Porque las bondades de nuestro sistema político brillan sobre todo en el papel.

La gruesa Constitución de 1991, con sus pormenores innecesarios, no tardó en ser objeto de reformas que sentaron el precedente de hacerla manipulable. Así fue como en los afanes de duplicar un mandato se aprobó la reelección y en medio de la euforia del momento no se escucharon las voces de quienes advertían los inconvenientes que el injerto traería para la armonía de nuestra institucionalidad. Ahora está demostrado que cada gobierno, desde el primer día, tendrá puesto el ojo en su reelección y se dedicará a todo tipo de cálculos, haciendo o dejando de hacer una u otra cosa para asegurarse de antemano la posibilidad de doblar el período para el cual fue elegido, en lugar de concentrarse en hacerlo todo bien en uso de una única oportunidad. Aunque también, bueno es decirlo, parece claro que al gobierno de turno se le exigirá que haya resuelto en menos de cuatro años todos los problemas endémicos del país, inclusive, claro está, los que sus contradictores no fueron en su momento capaces de resolver.

Ante el llamado a las urnas presenciamos una competencia de argumentos populistas que parece una obra de teatro en la que cada actor sale a repetir su mensaje vendedor cuantas veces sea necesario, no importa si para ello es preciso prometer lo imposible o tomarse como propios argumentos del otro que puedan significar avances en el marcador de las encuestas. Todo para saber que hay una Colombia incólume, auténticamente mayoritaria, que por muchos años ha demostrado que el verdadero drama nacional es el de la incredulidad.

El hecho de que las encuestas muestren que un número significativo de colombianos en este momento pone la paz en un lugar secundario no puede ser sino una señal de alarma mayor. Quiere decir que nos hemos acostumbrado no solo a la violencia sino a ceder una porción importante de nuestra libertad. Porque la paz es un valor gemelo de aquella, y una guerra fratricida, que es la peor de todas, constituye ante todo una limitación violenta de la libertad.

Es posible que la figuración precaria de la paz en el orden de las prioridades ciudadanas se deba justamente al desencanto y a la desconfianza de alcanzarla. Pero eso no quita que siga siendo un bien apreciable y también un derecho que implica obligaciones que a todos nos corresponde cumplir. Los aspirantes a gobernar deben plantear sin ambigüedades aquello que, en términos reales, estén dispuestos a hacer, o dejar de hacer, para tratar de conseguirla, aunque ya se sabe que cualquier propuesta será objeto de preocupación para uno u otro sector ciudadano y particularmente difícil de convencer a esa mayoría que sigue por fuera del juego y que nadie ha podido conquistar.

Salvo la minoría que vota a conciencia, los votantes de siempre parecerían dispuestos a votar como siempre, sin que los sorprenda ni los mueva nada; porque como lo dijo un sabio y ya fallecido rector universitario, “prefieren una joya falsa a una verdadera, a sabiendas de que es falsa”. Queda entonces el amplio conjunto de los demás. De los que viven alejados de la política porque no han encontrado en ella respuesta. Que no creen en ese juego que consideran a la vez perverso e inocuo. Porque cuando entraron o trataron de entrar en él sintieron que se manchaban. Porque creen más en su propio esfuerzo que en cualquier promesa embaucadora. Porque no aceptan el espectáculo de tanta artimaña, de tanta mentira y de tanto abuso. Porque buscan en todas direcciones a las figuras hacia quienes toda sociedad mira en momentos de angustia y lo primero que encuentran es un mosaico de padrinos versados en manipulación.

Sin perjuicio de su recelo por la política tradicional esos potenciales votantes deberían manifestarse ahora, si les interesa el destino de Colombia, porque su contribución puede ser decisiva en cuanto a la manera como podríamos conseguir el fin de una confrontación que ha frenado en todos sus frentes el desarrollo del país y abrir el camino hacia un sistema político incluyente, capaz de convocar un amplio y verdadero apoyo ciudadano. Ene se orden de ideas no deberían cometer el error histórico de quedarse callados en una circunstancia tan importante, o volver la espalda, para que unos pocos decidan sobre el destino de todos. Porque la solución del conflicto interno, o como lo quieran llamar, es el epicentro de nuestro momento histórico y de la elección que se avecina.

Las carreteras y los puertos y los ferrocarriles que tanto necesitamos para nuestra geografía federal los puede hacer cualquiera, aún en medio de nuestra proverbial mediocridad. Mientras que el cierre de una tragedia de medio siglo parece tener ahora una oportunidad y necesita voluntad mayoritaria y sincera de buscar un arreglo limpio para ponerle fin a la barbarie, sin impunidad, con visión histórica, generosidad, magnanimidad, justicia, reparación, y deseo de seguir adelante como una sola nación, con patriotismo en lugar de patrioterismo, sin minas ni mutilados, ni tanta sangre que muchos parece que no fueran capaces de reprochar. Es preciso decidir si vamos a tener el coraje de avanzar en el difícil camino que ya una vez se intentó, que de nuevo se ha emprendido y ha logrado acuerdos que más tarde tendremos oportunidad de aprobar o rechazar, como lo ha reiterado el Presidente de la República, o si preferimos atrasar una vez más el reloj de nuestra propia historia.
 

 

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