Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El eco Pinzón

Ya nos habíamos desacostumbrado al tono belicoso del exministro de Defensa Juan Carlos Pinzón, hoy flamante embajador en Washington, cuyas declaraciones retadoras emularon con las que siguen saliendo de la arbitrariedad del inefable Alejandro Ordóñez, enemigo público número uno de la paz.

El reemplazo de Pinzón en el ministerio de Defensa, el doctor Luis Carlos Villegas, a pesar de que ha tenido tropiezos por defender lo indefensable en la Policía, ha manejado un perfil sereno y conciliador que estaba haciendo mucha falta. Fue un alivio cambiarle el rumbo al ministerio de la Defensa, pues es absolutamente intolerable y fastidioso oír diariamente a un alto funcionario del propio Gobierno despotricar contra todo lo que se relacione con el proceso de paz en La Habana, pero mucho más a quien ostenta la responsabilidad de manejar la fuerza pública.

Cuando ya creíamos estar curándonos de la verborrea encendida y las imprudencias de Pinzón, al hoy fogoso embajador en Washington se le olvidó que ya no es ministro sino diplomático, y le dio por soltar la tontería de que él a título personal preferiría ver a los guerrilleros presos que negociando con el Gobierno. Fácil resulta imaginar el asombro de los funcionarios americanos que dialogaban con Pinzón, cuando esta semana, en el marco de un foro nada informal, empezaron a oír conceptos íntimos de quien obviamente está allá es para llevar la vocería del gobierno que representa.

Claro que el doctor Pinzón tiene derecho a pensar lo que quiera del proceso de paz en La Habana, pero lo que sí no le puede ser permitido es expresar en público, y menos en escenarios extranjeros, opiniones contrarias a los propósitos y tareas del gobierno al que pertenece. Así se trate de sus opiniones personalísimas. Lo que deben de estarse preguntando muchos de los funcionarios americanos que lo oyeron es ¿cómo puede ser posible que alguien sea embajador de un proyecto político que no comparte en la intimidad de sus convicciones?

Las explicaciones que ofreció el embajador a la prensa nacional después de sus malhadadas declaraciones en Washington tampoco dieron tranquilidad. Alguien debería hacer el favor de recordarle a Pinzón que la razón por la cual dejó de ser ministro de la Defensa es la misma por la cual está haciendo méritos para dejar de ser embajador. Mala cosa, sobre todo para el país.

Si lo que Pinzón quiere, y hay quienes aseguran que eso es así, es jalarle a una candidatura presidencial, pues que salga de una vez por todas y se lance, para que desde allí pueda decir lo que le venga en gana, sin correr el riesgo de comprometer la suerte del proceso de paz, como lo hizo antes como ministro y como lo sigue haciendo ahora que disfruta de las mieles de la diplomacia.

Eso sí, Pinzón tiene que estar advertido de que en la arena política —que él por lo pronto conoce pero desde la cómoda tribuna de los carros oficiales, primero como uribista y ahora como santista— va a tener que enfrentarse a otros dos que andan también enloquecidos por llegar a la Presidencia como sea, inclusive aprovechándose de los cargos que hoy ostentan. Estoy hablando del pródigo e inmune ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, y del intolerante Alejandro Ordóñez, copartidarios de Pinzón, a quienes tendría que empezar por derrotar en las toldas conservadoras y uribistas para cumplirle a su ambición.

En una democracia, cuando las convicciones de un funcionario coherente se estrellan contra las decisiones de un gobierno, lo que suele pasar es que renuncia. Pero hay a quienes les resulta imposible conjugar el verbo renunciar en cualquiera de sus tiempos. Tal parece que Pinzón también sufre de ese mal y se le está haciendo tarde para renunciar.

Adenda. La saliente gobernadora del Quindío, Sandra Paola Hurtado, su candidata a sucederla, Sandra Milena Gómez Fajardo, hoy contralora del departamento, que vigilará las audacias de su aliada como mandataria, y el director de la CAR del Quindío, John James Fernández López, también del mismo grupo político de las dos señoras, un trío nefasto para la región. Habrá para rato con estos personajes.

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