Por: Juan David Ochoa

El efecto Bolsonaro

Mientras iniciaba el incendio de la Amazonia y la comunidad internacional intentaba responder conformando reuniones extraordinarias en el G7 para enfrentar la devastación y las causas peligrosas de políticas industriales, el presidente Jair Bolsonaro, un fascista dispuesto a salvar su nombre contra el mismo fuego, acusaba a los ambientalistas del desastre y sigue reafirmando hasta hoy, con el rostro imperturbable de un sociópata, que lo han hecho el último año reiteradamente para deshonrarlo y desprestigiar su poder. Se ha negado desde un principio al envío de comisiones con los cuerpos que requiere la emergencia por considerarlo una exageración y un hecho orquestado por sus enemigos.

Las mismas organizaciones medioambientales han recogido testimonios que explican el inicio de la conflagración por una causa estrictamente política de productores rurales que han llamado “El día del fuego” a una acción coordinada de quema de bosques para liberar espacios que puedan ser utilizados con fines económicos. La razón política sería una especie de ofrenda enfermiza al presidente para demostrarle su adhesión y merecer beneficios exclusivos en tiempos en que la polarización garantiza reconocimientos y tratos preferenciales. La disputa ideológica por el poder que inició con exabruptos y extravagantes interpretaciones sobre el cambio climático del entonces candidato parece que está llegando al punto vital de sus efectos: un incendio real que atraviesa el espectro político de la región y se incrementa cada vez con más intensidad por la paranoia y las retaliaciones internas. Parece una ficción y un invento sórdido de un mitómano, pero está sucediendo, y algo similar a esos niveles surrealistas de espanto ya era predecible en tiempos de campaña en que el fascismo quería retomar el poder para afinar sus tentáculos perdidos. Bolsonaro negó contundentemente las pruebas públicas del cambio climático por causas industriales y fomentó un discurso de odio y estigmatización contra las ONG y todas las organizaciones que se atravesaran en su camino, tendido por frases que parecían ser más amenazas propagandísticas para adquirir renombre que verdaderas intenciones de destrucción de su propio futuro.

Pero esos son los elementos naturales de un fascismo sustentado en el choque y en la anulación para asegurar la vida a mediano plazo con grandes contratos que benefician a los mismos núcleos que rodean el poder, aunque se incendie el mundo. El presidente homólogo que hoy intenta ayudar con un conmovedor discurso ambiental, Iván Duque, es el mismo que ha aprobado el fracking en Colombia, aunque siempre lo negó en campaña por ser perjudicial y peligroso en tiempos de grandes amenazas para la Tierra. Lo dijo siempre así, en términos poéticos que aseguraban el efecto directo en las emociones, y lo reitera ahora que la comunidad internacional vigila de cerca los movimientos extraños de las políticas en la región. Bolsonaro, acorralado en su propia retórica, intentará minimizar el desastre hasta que pueda retomar de nuevo las riendas de la comunicación y volver a dirigir metódicamente los contratos prometidos sin tanto escándalo. Trump, al norte, hará lo mismo con aliados en las antípodas que lo respaldan. El efecto Bolsonaro del sur y las tácticas disimuladas del fascismo en Colombia y en países que simulan las buenas maneras entre la oscuridad afianzan los impulsos de otros incendios que no puede apaciguar la lluvia.

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