Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El efecto Santiago

La captura de Santiago Uribe (SU), una persona que no es más que un hombre del campo con padrino poderoso, confirmó la mezquindad y peligrosidad del Centro Democrático (CD) y la creciente fragilidad del gobierno Santos.

Es una afrenta a la democracia, pero sobre todo a la decencia, que el CD se hubiere movilizado hasta las puertas de la Casa de Nariño, la misma que deshonraron durante ocho años, para exigirle a Santos que renuncie, todo porque la Fiscalía —autónoma e independiente del Gobierno— profirió medida de aseguramiento contra el hermano del jefe de ese grupo. Esa curiosa forma de enfrentar la justicia coincide con el desprecio con el que la trataron cuando fueron gobierno. Antes montaron una empresa criminal para espiar a magistrados, opositores y periodistas —la cual ha quedado retratada en el magnífico libro ChuzaDAS de Julián Martínez—, ahora invocan la asonada para pedir que cese la prisión de quien jurídicamente no podía permanecer en libertad una vez proferida medida de aseguramiento en su contra, como lo creen algunos que posan de entendidos pero que desconocen esa elemental regla.

Piden la renuncia del presidente Santos, como instrumento para presionar la excarcelación de una persona que por muy importante que sea para un grupo político, no puede sustraerse a enfrentar con respeto a los jueces de su país. El mal ejemplo de la precaria ética uribista consiste en aplaudir las decisiones judiciales sólo cuando caen prisioneros sus contradictores, pero desconocerlas cuando tocan a sus puertas.

Y el cinismo del CD quedó en evidencia cuando su director, el excandidato Óscar Iván Zuluaga, encabezó la marcha contra el Gobierno, por cierto bastante lánguida, pues se le olvidó que aún siguen sin definirse las investigaciones por el caso del hacker en las que está involucrado, para mencionarlo solo a él

Está visto que el CD es una congregación de intransigentes e intolerantes violentos, pues nada los detiene, ni siquiera la vergüenza colectiva, de la que carecen.

Y para colmo de males, esta emergencia ha mostrado a Santos descoordinado. Qué tiene que hacer un presidente abogando por un preso, así sea el hermano de su opositor, incurriendo en la ingenuidad de pedir que su archienemigo, el procurador Ordóñez, sea el garante de un proceso penal contra un consanguíneo de la casa Uribe, y además reclamando una veeduría internacional para ese proceso. No, presidente Santos, aterrice, no le coma cuentos a toda esa batería de lagartos y babosos que lo rodean, muchos de ellos uribistas en la sombra que tiemblan de pánico ante la sola idea de refutar las diatribas de Uribe.

El presidente está prisionero de una camarilla que todavía insiste en que haga las paces con Uribe, porque a su juicio el país no puede recomponerse si no es con la aprobación de quien los desencuadernó severamente. ¿De cuándo acá el destino de toda una nación depende de los intereses y caprichos de un político populista y siniestro? Que Santos haya perdido popularidad en cierta forme es explicable, porque es víctima de su propio invento de gobernar con unos alfiles asustadizos y cobardones, pero que todavía acaricie la idea de que al proceso de paz se sume Uribe, puede tener ribetes de indignidad personal. En efecto, Santos no sólo está rodeado de ministros, asesores o consejeros que le viven rogando que se reconcilie con su más feroz detractor, sino además de otros desleales, como en el caso de algunos de sus exministros aliados con el procurador Ordóñez y la excontralora Morelli, enemigos del proceso de paz y de su gestión.

Olvídese presidente Santos de que en lo que resta de su mandato hará las paces con Uribe, porque él y sus áulicos pretenden tumbarlo. Es más, no le queda bien. La obsesión por convencer a Uribe de que la paz es mejor que la guerra está llevando a Santos a un fracaso estrepitoso y, lo que es peor, a dejarse humillar de quien ahora encabeza en su contra una conspiración golpista.

 

Adenda: ¿cómo así que el director de Comfenalco Valle Delagente, Felipe Grimoldi Rebolledo, lo destituyen e inhabilitan por diez años, pero, como está protegido por los momios caleños, no hay quien cumpla esa decisión?

 

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