Por: Aura Lucía Mera

El elefante encadenado

LEO EL MINICUENTO DE JORGE Bucay , psicoanalista argentino, especializado en terapias gestalt, y psicodramatista, enfocado especialmente a las enfermedades mentales.

Confieso que nunca antes había oído hablar de él . Tal vez porque le tengo aversión a los libros de autoayuda. La mayoría me parecen frutos  de una prostitución espiritual, cuyos autores se agarran de algunos conceptos básicos de la ley natural y frases ya escritas desde los tiempos más remotos; las cocinan, las vuelven de su autoría, y después venden sus libros como pan caliente, prometiendo sanaciones  milagrosas de heridas profundas del alma, de conflictos no resueltos, de depresiones endógenas, de culpabilidades inconfesables, de frustraciones calladas. A título personal, me repugnan Paulo Coelho, Chopra y tantos y tantos especuladores baratos de los conflictos íntimos del ser.

Retomo. Me leí  un cuentico de Bucay. Según él, lo escribió pensando no en los niños sino en el niño que todos llevamos dentro. Me  cimbró. Sentí como una flecha clavada en mi interior intangible. Me expliqué de pronto tantas cosas...

Se trata de un niño que va al circo y ve el elefante, poderoso, enorme, gris y pesado,  sujeto por una estaca diminuta que lo amarra a una cadena. El niño pregunta por qué no se zafa y agrede al público. Le responden que porque está amaestrado. El niño pregunta que si esta amaestrado entonces por qué lo encadenan. Le responden que desde pequeño se crió en cautiverio, lo tuvieron atado para que no se pudiera mover y de esta manera, cuando está en la pista,   cree que sigue atado a la cadena irrompible. Entonces no trata de moverse. Se cree atado de por vida. No sabe que puede romper la endeble cadena y volver a avanzar. Mentalmente quedó amarrado. Ya no lucha. Cree que es inútil. Quedó paralizado para siempre.

Pienso en nosotros los colombianos. Nos quedamos, como el elefante, atados a que somos un país atávico en violencia, que ésta es inherente a nuestros genes, que la corrupción también está en la impronta genética, que ya nos comió el narcotráfico, que la guerrilla jamás desaparecerá , y que no podemos hacer nada contra la politiquería, las trampas electorales y la rapiña oficial. Nos quedamos encadenados a la estaca. Moviendo la cabeza o la trompa y balanceándonos sin movernos, porque ya dimos por sentado  “que no pasa nada, que somos así y que esto no tiene salida”. Nos quedamos paralizados por un gobernante autócrata y nadie se atreve a desenmascararlo. Nos acostumbramos a los desplazados, a las pandillas juveniles, a los disparos de balas perdidas. Y no nos atrevemos a patear la estaca, removerla y seguir hacia adelante.

En nuestras mentes están fijados esos destinos de noria, de remolino, de agujero sin salida .No caemos en cuenta de que si de verdad queremos, podremos reaccionar. Cuestionar. Señalar.  Desenmascarar. Arrojar a la basura lo que nos impide ser una colectividad unida y solidaria. Estamos igual al elefante del circo. Esperando   que llegue el domador y lo desate para volverlo a entrar a su patio trasero y volverlo a amarrar.

Esperamos que el gobierno central, como con la varita mágica, impida más inundaciones, les solucione la vida a miles y miles de damnificados, termine con las pandillas, solucione el problema del desempleo, logre la paz y extermine la droga.

Y nosotros, los cuarenta y pucho millones de colombianos restantes, ¿qué estamos haciendo? Balanceándonos  amarrados a la estaca, porque estamos convencidos que no nos podemos mover .

 

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