Por: Eduardo Barajas Sandoval

El elegido de Ivanishvili

Hay democracias débiles, y demócratas a medias, que prefieren que los candidatos a la jefatura del estado se escojan por caminos ajenos a la voluntad popular.

Entonces, como de la nada, aparecen "estadistas" que no son otra cosa que agentes de quienes se quieren quedar, por interpuesta persona, con el poder. Solucionado el problema de la elección, viene luego el drama, porque no es justo con una nación ponerle a la cabeza un jefe que no tuvo el tiempo, ni la oportunidad, de construir la experiencia necesaria para gobernar por su cuenta, como debería ser. Sus dilemas, como agentes de otros, aunque con el poder formal en sus manos, serán siempre tormentosos y difíciles de superar. 

Los observadores de la Unión Europea en las elecciones presidenciales en Georgia, la antigua república soviética, se han declarado satisfechos con la transparencia de los comicios que dieron como ganador a Giorgi Margvelashvili, y han elogiado los progresos de ese país en el camino de la consolidación democrática.  La Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, se manifestó una vez más favorable a fortalecer los vínculos con los países de la Europa Oriental, tanto individualmente como en grupo, en la perspectiva de una cooperación más intensa, y es de esperarse que en la cumbre de Vilnius, el mes entrante, se comience a hablar del inicio de discusiones que llevarían a la asociación de Georgia con la Europa comunitaria, que a su vez podría conducir a una plena integración. Sobre la base de su importancia estratégica y, ahora, de sus progresos democráticos.  

En comparación con las épocas en las que la tierra natal de Stalin era considerada modelo dentro del mundo soviético, es evidente que se han producido progresos de calidad democrática, si se miran las cosas desde el punto de vista occidental; máxime cuando el presidente saliente, Mikhail Saakashvili, hizo a lo largo de sus dos períodos todos los esfuerzos posibles por adelantar una política, interna e internacional, con la mirada puesta en Europa. Algo que los ganadores de ahora quieren continuar.

Existe, no obstante, un detalle que no figura dentro del recuento optimista de felicitaciones por la jornada electoral de días pasados, y es que el candidato ganador, sin tradición política alguna, fue escogido personalmente por el actual Primer Ministro, que es a la vez el jefe absoluto del Partido del Sueño Georgiano y el hombre más rico del país.  

Bidzina Ivanishvili, cuya fortuna es resultado de su excepcional habilidad para los negocios a lo largo del proceso de privatización de la economía rusa, resolvió adentrarse en el campo de la política en 2012 para retar en las elecciones parlamentarias al Movimiento de Unidad Nacional, hasta ahora en el gobierno. Su coalición salió ganadora y ese fue el camino para llegar al cargo de Primer Ministro. Ahora, con presidente de confianza, por decir lo menos, ha anunciado que se retiraría de la vida pública. Algo que en términos reales puede terminar siendo como si no se retirara. 

Aunque de manera expresa el dueño mediato del poder ha dicho que quiere abolir lo que ha llamado “el complejo georgiano del mesianismo” es decir la creencia de que hay que confiar en un líder que resuelva todos los problemas, subsisten serias dudas sobre su verdadera voluntad de separarse de la vida política. También hay dudas, claro está, sobre la capacidad que el nuevo presidente, de cuarenta y cuatro años y revestido de credenciales académicas, pueda hacer por su cuenta en la soledad del poder. De manera que es muy posible que, a pesar de todo, quien se lo inventó como presidente se dedique con la mejor voluntad y las mejores intenciones a darle sus luces, porque se siente con la responsabilidad de haberlo escogido. 

Falta ver si el nuevo Jefe del Estado tiene tan poca cosecha de su parte como para que se conforme, a lo largo de todo su período, y de una eventual reelección, con su condición de deudor del poder. Lo que haga o deje de hacer, y no el dictamen apresurado de los cándidos observadores europeos, será la medida verdadera del progreso de la democracia y la institucionalidad en ese país. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

El despido de los guiñoles

Un relevo inaplazable

El retorno de Mahatir

Política exterior de facto

La deuda más grande del mundo