Por: Arturo Guerrero

El empuje silenciado de los inocentes

El bullicio de la corrupción, de los referendos píos contra cualquier minoría, de las hectáreas baldías bendecidas por notarios maleables, de los balazos uniformados contra indígenas de colores, en fin, el tumulto noticioso, impide percibir a Colombia.

La gritería entre los ultras, entre los extremos de las banderías nacionales, entre quienes se ciegan a los grises, entre los que usurpan la palabra ‘esperanza’, en fin, el costal de anzuelos que es la sociedad pública, asfixia la cara verdadera de Colombia.

Aquí se les da cámara y micrófonos a los corruptos, no a los incorruptibles. Son famosos los pícaros, los exsicarios de los más pícaros, los auspiciadores oficiales de los recontrapícaros. Brillan los que botan ponzoña espiritual en los ríos de donde beben las almas justas.

Las mayorías tiritan porque en los telenoticieros les dan, a la hora de la sopa, videos policiales con la identidad y modales de los facinerosos que los atracarán tan pronto crucen la esquina de la tienda.

A las audiencias se les suministra la imagen más perversa, para inocularles una íntima perversión. Este es el país que mata la autoestima. Ser colombiano es ser paria, lo peor del mundo. Hay que irse o amurallarse.

En contraste, cada casa es una fábrica de vida. Los hombres se hacen matar con tal de traer la panela para los niños. Las mujeres siempre hacen guardia, antes, durante y después de la muerte o fuga de sus maridos, porque los hijos son extensiones insustituibles de ellas mismas.

Cada cual cumple con la estatura de su conciencia. Sin importar que no los reconozcan, que no aparezcan en el inconsciente colectivo, que sean extraterrestres perpetuos. Y son en verdad ‘todo el mundo’, la telaraña que sostiene a los zánganos.

Hace dos milenios y medio, el filósofo Confucio, que modeló las entrañas del país más habitado del mundo, dio luz al genuino orgullo merecido por estas multitudes.

Desde sus bigotes de candado y barbas descomunales, descargó: “No debe afligiros el que los hombres no os conozcan. Lo lamentable es que no seáis dignos de ser conocidos por los hombres”. 

Así pues, una cosa es la figuración general, otra bien distinta es la dignidad. La multiforme multitud de los colombianos ha sido ninguneada desde antiguo. No obstante, mantiene la esencia de su propulsión, la picardía de su ánimo, el contagio de la pisca de sal regalada al vecino.

Estos mínimos empujes cotidianos no salen al día siguiente en los noticieros, pero son el cemento que fortifica las columnas nacionales. Claro que son dignos de ser conocidos por todos. Solo que se murmuran en la sombra y caen aplastados por el hervidero de los sospechosos de siempre.

El inicio de la posguerra criolla padece de idéntico contratiempo. Las sufrientes víctimas del campo, las que han resistido contra el infierno, pujan porque se ahuyente la muerte de sus campos. Los agresivos sobrevivientes urbanos, los envenenados de espíritu, aúllan aguijonados por los capitanes del destrozo. Y estos aullidos aturden la súplica de los inocentes.

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