Por: Columnista invitado

El encanto de Las Cruces

Al templo principal le brotan crucifijos, como bastiones de fe, contemplando al cielo con altivez, para decirle a esta tierra que el vecindario —aun dos siglos después— sobrevive entre fantasmas y heroísmos.

 Los capitalinos somos diestros en convertir el agua en asfalto. Y eso fue lo que le ocurrió a la pobre quebrada San Juanito, límite natural que dividía a la parroquia de Santa Bárbara de lo que luego habría de ser el villorrio de Las Cruces, reconocido por la oficialidad como parte de Bogotá en un ya tardío 1890.

Las Cruces conservan el espíritu noble y maleable del barro. De la chirca, el agua y el trigo que silvestres les crecían, cual si la fortuna, tan sabia como caprichosa, las hubiera señalado con su dedo para indicarles que el destino habría de transformarlas en el primer barrio obrero de esta urbe, que desde hace dos siglos amenazaba con desbordarse. Un fresno florido embellecía el conjunto de una ‘fábrica de loza fina’, erigida hacia 1838, en su límite norte. Hasta allá se llegaba por cierto camellón sembrado de sauces, nogales, cerezos, rosales y retamos. Hoy sobrevive parte de la estructura… ruinas de lo que fueran hornos, estufas, molinos y chimeneas para convertir la argamasa en porcelanas y tejares.

En su plazoleta principal reposan rezagos arqueológicos de la más antigua gasolinera que hubo, contorno complementado por el local de don Hernán Baquero —con varias décadas de trabajo, consagradas a podar pelos y barbas a los lugareños—. A pocas cuadras —eso dicen— vio la luz un tal Jorge Eliécer Gaitán Ayala. Y eso explica muchas cosas.

En los escaños —perfumados de úrea y demás emanaciones orgánicas, tan propias de nuestra especie—, una cofradía de viejecillos ahí apostados deja que el tiempo se les escape, compartiendo su espacio con los desposeídos que, solidarios, se ‘rotan’ una botella de pegamento y lo que resta de un recipiente de ron Jamaica. Una garza metálica importada de Nueva York en 1891 vigila apesadumbrada aquello que hoy queda de su fuente. Algo similar hacen los pavos reales, que con majestuosidad ornan su mercado central, junto al Faenza, una de las joyas secretas del art-deco colombiano.

Entretanto… una pareja de felinos huye espantada ante los primeros compases de lo que parece ser un rap, fondo musical de aquel sector cuyos más jóvenes habitantes han encontrado en los ritmos urbanos y el llamado ‘street art’ dos formas dignas de pertenecer al mundo. Estas y algunas otras historias serán reveladas en el segundo capítulo de ‘Callejeando’, serie documental del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, a ser emitida este domingo por Canal Capital.

 

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