Por: Fernando Araújo Vélez

El encierro

El día de su boda, cuando las solemnes palabras de Monseñor se le transformaron en un eco opaco que la depositaría paulatinamente en su mundo de túneles y sombras, ella inventó cualquier excusa para encerrarse en su habitación y ya no quiso salir más de allí.

No hubo colores ni un mundo nuevo después del sueño. Los golpes en la puerta, débiles al comienzo, luego fuertes y más tarde compasivos, y las voces de sus padres, de su marido y sus amigas, habían sido para ella garrotazos y un coro de negros andrajosos que en lenguas la perseguían y acusaban desde el infierno alargándole sus manos, sus llagas y callos hasta tocarle y manchar su vestido de novia. Era de noche ya cuando Sofía despertó. Mientras tomaba conciencia sobre lo que podía haber ocurrido, suponía que abajo aún habría gente. Sus padres, su marido no consumado, tal vez un médico y Monseñor. Hablarían, discutirían, tomarían decisiones trascendentales sobre su vida. ¿Y los perros? De repente se levantó, pesada. Se miró ante el espejo y con las manos recorrió las sombras que reflejaba. Alisó su vestido de novia, el mismo de su madre y de su abuela, y allí acabaría la sucesión, pues ella no iba a tener hijos, pensó. Luego fue a la ventana y vio la noche. Imaginó al viejo Lisandro trepado a su balcón, espiándola, para luego bajar a rendir su informe ante la plana mayor. Sí, don Joaquín, yo vi que respiraba, todo en orden. No, no se ha quitado el vestido. ¿Rastros de violencia? Como le informé, todo está en su sitio. Sí, la puerta se puede abrir con un golpazo, pero... Que yo sepa, no Monseñor, yo sí la había visto que se encerraba con los perros pero era cosa de una hora, hora y media nada más, luego salía y usted la conoce con sus bromas y sus juegos que ni a uno con sus años lo deja en paz. Disculpen los patrones, pero es que a uno también le duele todo esto.

 

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