Por: Oscar Guardiola-Rivera

El enemigo

Los acontecimientos internacionales de esta semana tienen algo en común: el regreso de la religión a la política.

Islamistas en Oriente Medio y África; el “cierre” del gobierno estadounidense por el fundamentalista Tea Party republicano; el ataque del Daily Mail británico contra el padre del líder laborista Ed Miliband, por su “odio al país” y su ideología “endemoniada”. En Colombia, la publicación de la tesis de grado del actual procurador da tintes domésticos a un fenómeno global.

¿A qué se debe el regreso de la religión a la política? ¿Cómo responder? La lectura de la tesis de Ordóñez sugiere respuestas: primero, es necesario denunciar la escalofriante genealogía de las fuentes que usa, tanto como su error. Segundo, como funcionario debe responder públicamente si su concepción de lo político constituye una seria amenaza a los objetivos de paz del Gobierno y a la democracia en general.

Una cosa es debatir la profundización de la democracia liberal en la dirección de la justicia social o si el espíritu religioso de una sociedad nos recuerda que la noción bíblica de la justicia tiene sentido aquí y ahora. De paso, para poder debatirlo es que necesitamos la paz. Otra cosa es secuestrar para sí la verdad del sentimiento religioso generalizado y descalificar a la democracia por atea y antinatural. Ello implica llamar a su destrucción como deber sacro. Allí es donde se encuentran Ordóñez, Al Shabab y el Tea Party.

No es cierto que las tesis de éstos sean anacrónicas o medievales. Se trata de un desconocimiento deliberado e ignorante de las raíces del Estado moderno en el nominalismo del siglo XIII y la reinvención del mundo antiguo a través de fuentes judeo-árabes. Ello, en el primer caso, para justificar una concepción clérigo-fascista de lo político que supuestamente explica la violencia militar y paramilitar de la España franquista o el Chile de Pinochet, y justificaría las actuales. Sus fuentes político-teológicas —Blas Piñar, Donoso Cortés, Vázquez de Mella— hacen parte de los que el historiador Paul Preston llama “teóricos del exterminio”, en referencia al holocausto español del siglo XX.

Vázquez argumentaba que el capital judío financiaba las revoluciones liberales e ideaba las comunistas junto a las hordas moras para destruir la cristiandad. En tal antisemitismo resuena un vago resentimiento cristiano por la suerte de Jesús, del cual hace eco la tesis del procurador. Pero también, en otros casos, como el chileno, una justificación asesina de la violencia antiizquierdista. Piñar, procurador del franquismo y aliado de Jean-Marie Le Pen, decía en 2012 que la democracia liberal era “la peor de todas”. Donoso inspiró a Carl Schmitt, jurista del Tercer Reich. Recobrar el impulso religioso en política hoy, implica rebatir estas falsas ortodoxias.

 

 

Óscar Guardiola Rivera*

 

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