Por: Catalina Uribe Rincón

El engaño de las aerolíneas a los consumidores

Esta semana asistí a una charla sobre cómo obtener tiquetes de avión más baratos. La experta explicó los trucos de los que se valen las aerolíneas y buscadores como Booking.com para ganársela toda. Nos contó también maneras en las que nosotros los consumidores podemos hacerles el quite a algunos de los trucos. Uno de los consejos es el de siempre buscar vuelos navegando de incógnito en ventanas privadas. Esto evitará que el navegador web guarde el historial y las aerolíneas se aprovechen de ello. Los algoritmos fluctúan los precios según la demanda general, pero también según “las ganas” individuales. Así, entre usted más veces busque el mismo itinerario de vuelo, más le subirán los precios. Si en algún momento usted creyó que los precios subían porque la gente estaba como loca volando a su mismo destino, probablemente estaba equivocado. Los precios subieron porque usted le confesó al algoritmo la intensidad de su deseo.

Los precios “a la medida” no son únicamente asunto de las aerolíneas. Son cada vez más las empresas que utilizan variaciones en sus tarifas. Por ejemplo, Uber y otras compañías de viajes compartidos ajustan todo el tiempo los precios. Así, un trayecto que usualmente cuesta $10.000 puede fácilmente llegar a costar hasta $50.000. ¿Con qué criterios determinan los ajustes? ¿No deberíamos tener derecho a saberlo? ¿Influye sólo la demanda agregada o también el lugar desde donde uno esté solicitando el servicio o qué tan frecuentemente lo solicite? Quizá algo de conocimiento aliviaría nuestra desazón y sentimiento de injusticia. Unos usuarios se dieron cuenta de que si ponían la dirección exacta de la oficina el costo de la carrera era más caro que si todos los días cambiaban la dirección a lugares cercanos. ¿Por qué lo penaliza a uno el algoritmo cuando identifica la necesidad que se tiene de llegar al trabajo?

Las empresas de cable no se quedan atrás. Antes, cuando existían abusos en los precios por parte de un operador, el consumidor llamaba y negociaba con la empresa. Hoy, cuando todo está sistematizado en línea, los operadores tienen incorporados robots que analizan la sicología de los consumidores. Así, los algoritmos establecen los patrones de comportamiento del consumidor y calculan probabilidades sobre su disposición al cambio. Si el robot, por ejemplo, detecta que usted es un consumidor estable con aversión al riesgo, seguramente le mantendrá unos precios altos. Si el algoritmo cree que usted es un impetuoso impulsivo, entonces le ofrecerá una mejor tarifa.

Y así, de la nada, cuando creíamos que los mercados se hacían más estables con las nuevas tecnologías, hemos vuelto a la época del bazar. La diferencia es que hoy no nos sentimos estafados por un charlatán vendedor sino por un omnisapiente robot. Claro, parte de las ganancias sobre el mercado siempre se han dado por el costo de las transacciones y de la información. A la larga, uno no se camina todos los supermercados de la ciudad para establecer dónde se vende el pan más barato. Normalmente, uno se rinde ante el poder combinado del hambre y del “súper” o tienda de la esquina. Sin embargo, con todo y los “goles” que nos meten Éxito, Carulla y demás, sabemos que el pan no sube de precio según las veces que pasemos por el frente, ni por los “ojos de deseo” que tenemos al olerlo. Y esto, quizá, hace toda la diferencia.

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2019-11-01T15:27:07-05:00

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2019-11-01T16:38:09-05:00

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