El enmascarado sin plata

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El tapaboca afantasmó la calle. Salimos al mercado y no encontramos personas sino momias. Nadie conoce a nadie, nadie saluda. Solo se ven signos de interrogación sobre la cabeza de los caminantes que intentan descifrar a quién pertenece cada cuerpo con que casi chocan.

La gente es protagonista de historieta gráfica cuyas burbujas de diálogo muestran esto: ¿…? La ranura de los ojos no transparenta ninguna personalidad singular, la cabeza está enmarañada porque los peluqueros cerraron, solo se identifica quién es hombre y quién mujer.

Además, los dos metros de distancia reglamentaria se encargan de suprimir el aliento de complicidad con el género humano. Los otros, los demás, ahora son recién llegados de Alfa del Centauro. Nos une a ellos el ansia de comprar fríjoles y cerveza.

En los años 50 del siglo pasado fue furor en el continente el luchador mexicano el Enmascarado de Plata, sobre cuyo superheroísmo los niños devoraban cada semana un cómic. Pronto saltó al cine de patadas y murió sin que ningún rival lo desenmascarara. También se le llamaba el Santo.

Fue el primero de los rudos latinoamericanos, además de sus músculos edificó su gloria sobre el enigma de una cara tras la imbatible máscara color plata. Fue creador de un mito porque ocultó lo común y corriente de sus gestos al forrarse con un trapo que apenas dejaba ver boca, nariz y ojos. Pero el trapo era de plata, casi de oro. Y la credulidad pública saltó del color al mineral. La máscara del mito era invencible porque guardaba la consistencia del metal. Era realmente un escudo.

Nuestros tiempos son más lastimeros. Las caretas no disimulan su hechura de trapo y los portadores no tienen plata. Son enmascarados sin plata. Cada día tienen menos plata, vacilan entre la quiebra y la hambruna. Les tiran un tercio de salario mínimo para que no se les olvide por quién votar en las próximas elecciones presidenciales.

En las calles de zombis da pánico dirigir la palabra, por equivocación o necesidad, así el otro esté forrado con escafandra de plástico. Cada cual está autorizado a calificar de criminal a quien rompa el helado alejamiento. ¿Y si es a mí a quien interpelan? Un gendarme interior concede escasos monosílabos.

No hay identidad porque no hay rasgos. No hay individualidad porque los seres son intercambiables. Los ojos desnudos no franquean ingreso al alma. La boca clausurada se niega a la fluidez del lenguaje. La nariz obstruida sofoca el aire y no admite un respingo. Esfumadas las caras, subsisten solo remedos de personas.

Los enmascarados sin plata son una niebla ambulante que cada semana de encierro degrada la calidad de las personas. Lo grave es que esta naturaleza espuria se acomoda en los intersticios del espíritu y echa por tierra la versatilidad que Elias Canetti definió así: “Entre todas las criaturas, es el hombre, con mucho, quien posee el juego fisonómico más rico; también la vida más pródiga en metamorfosis. Es inconcebible lo que en el curso de una sola hora pasa por el rostro de un hombre”.

arturoguerreror@gmail.com

 

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