El enredo del tiempo

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Anuncian que el tren suizo con destino a Ginebra llegará con tres minutos de retraso a la estación del pueblo. Una pasajera jovencita, de cabellos castaños abundantes, protestando por el retraso escandaloso se quita la chaqueta en la sala de espera caldeada por radiadores eficientes. Pero el tren llega a tiempo y lo anuncian de nuevo con disculpas en tres lenguas. La muchacha hace cara de “es el colmo” y de nuevo se abriga. En la premura, el enorme velcro de cerrar la capucha se le enreda en el pelo. La suiza forcejea cabello por cabello, con visible impaciencia; el tren no se compadece con el drama, va partiendo y ella corre con esa capa negra adherida a la cabeza; logra colarse por el último resquicio de la puerta.

La veo sentarse irritada y acezante; se mira en el reflejo del vidrio inmaculado del vagón mientras deshace el enredo de sus greñas. Voy de vuelta al terruño después de un viaje largo y la escena me obliga a reflexionar sobre los viajes, su utilidad, sus enseñanzas y me remite especialmente al tópico del tiempo y a la manera que cada pueblo tiene de lidiar con sus afanes.

Esta cavilación del tiempo en Suiza me interesa por ser ajena a nuestro manejo tropical del paso de las horas y los días, o a la concepción de los pueblos de la India en donde hay solo una palabra para designar tiempo y mañana, y en donde los horarios de los trenes, por ejemplo, se fijan con la frase: “sale después de las 2:45”, lo que garantiza que no parten antes. ¿Sufre más la chica suiza que iría tarde a la siguiente conexión que el mercader de Delhi que se sienta tres horas sobre un fardo de saris a sudar bajo el calor de la canícula? No lo sé, porque hoy pienso que no hay verdades absolutas. Puedo decir que, en las aldeas del Valais, los suizos han oído desde su nacimiento las precisas campanas de la iglesia cada media hora, y que tienen incorporados los segundos en las células, mientras en la India milenaria los relojes son una novedad, los años son lunares y los días son regidos por un sol parsimonioso.

Los colombianos habitamos regiones intermedias; no somos especialmente quisquillosos con el tiempo cotidiano y la tensión que nos causan los relojes no es la misma en Bogotá que en Barranquilla. Un suizo no podría improvisar como nosotros, pero nos cuesta planificar a largo plazo y la improvisación usualmente cuesta caro. Las inminencias de la supervivencia nacional, la idiosincrasia y la violencia nos han nublado la visión periférica, esa mirada que abarca la existencia de los otros; y nos retrasan un trabajo de construcción del futuro en el presente. En general, a veces avanzamos. A veces el eterno retorno de la guerra parece devolvernos por siglos en la historia. Sin embargo, debemos seguir buscando la manera más sensata de salir pacíficamente de este enredo, incluyendo este 21 de noviembre.

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