El Ensueño y la vida tosca

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¿Por qué nuestros gobiernos creen que el virus se combate reprimiendo el goce de la vida? Cuarentena, pico y cédula, toque de queda en noches de descarga festiva, espionaje sobre la movilidad de la gente: he aquí la fórmula mil veces repetida. Apenas suben los contagios, ¡suaz!, caen como aguacero las medidas aborrecidas.

Claro que es preciso dar indicaciones acerca del comportamiento público con el fin de poner cerco a la pandemia. Pero el común denominador de las mismas no puede ser el garrote a la libertad de expansión. Además, cada orden debería acompañarse de un razonamiento para que la población no la reciba como una arbitrariedad.

Nadie ha descifrado la matemática pérfida que castiga las cédulas impares en los muchos meses de 31 días. ¿Por qué se expulsó a los caminantes adictos a subir a los cerros orientales de Bogotá, sin dar una elemental aclaración? Teniendo la pura naturaleza a la mano, es estúpido clausurar el oxígeno y las hormonas derivadas que hacen del ascenso un sudor constituyente de la energía.

El filósofo pereirano Julián Serna Arango, en su reciente libro Ideas desencadenadas. Del tiempo y otros enigmas, se va hasta el tiempo de los primates para desentrañar el fondo de este problema: “Vivir agendados, desconfiar del otro, sabernos espiados, callar por prudencia, amar a distancia, renegar de todo. No nos bajamos de los árboles para esto”.

Y echando mano de un sartal de helenismos, cava hondo en el despojo de humanidad originado por la mutilación del regocijo y la argumentación: “Reprimido el eros, expulsado el pathos, descatalogado el mythos, degradado el logos, del hombre no queda sino el nombre”.

Los logros del área de cultura en Bogotá son fulgurantes, pero aparecen desligados del evento sanitario traumático del reciente año largo. Antier se inauguró el teatro El Ensueño en Ciudad Bolívar que, según el fervoroso secretario de Cultura, Nicolás Montero, “es una gran ventana para la creación” de las comunidades de esta inmensa zona y de otras como Usme, Bosa, Tunjuelito, el gran sur extenuado de la capital.

El recinto ofrece 800 sillas y emula a salas tan prestigiosas como el Jorge Eliécer y el Julio Mario. Su apertura fue la primera función del Festival de Teatro y Circo de Bogotá ¡Puro talento!, que incluye imaginativas acciones como Vitrinas dramáticas sorpresivas y Asaltos escénicos en tu domicilio —léase en centros comerciales y plazas de mercado—. Este festival ocupará tres semanas de abril.

Pues bien, la noche del lunes durante la severa alocución de la alcaldesa Claudia López con un rosario de reglas contra la tercera ola viral, no hubo ni una mención a estos eventos culturales cuyo inicio prácticamente coincidió con la vigencia del nuevo régimen. Por un lado va la administración, por otro la cultura.

Es el divorcio entre el ensueño y la vida tosca. Es la represión del erotismo, la emoción, el relato, el sentido, en favor del mando o ucase zarista. Es el descalabro de la alegría en un país donde la alegría es el rayo que no cesa.

arturoguerreror@gmail.com

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