Por: Lorenzo Madrigal

El entierro de mi general

Sorprende saber que el presidente y el ministro de Defensa no acompañaron en sus honras fúnebres a quien fuera comandante general de las Fuerzas Militares, el general Harold Bedoya Pizarro.

El desaire se anticipó con que ni un solo aviso funerario, proveniente del sector oficial, se publicara en el gran periódico, que es prácticamente el del Gobierno, como siempre lo ha sido. Ni el aviso a generosas pulgadas del Señor Presidente de la República y la señora de Santos; ni el del Señor Ministro de la Defensa, ni el del Director General de la Policía, ni el de la Armada Nacional; ni uno de la Escuela Superior de Guerra o alguno del Señor Obispo Castrense, cuya autoridad ceremonial limitó los panegíricos; ni uno mero del Honorable Congreso de la República o de las igualmente Honorables Cortes de Justicia. ¿Dónde estaban los “sueltos” de invitación oficial a las honras o en qué página del gran diario, si estoy perdido?

¡Cómo se quedan de solos los muertos! Y mucho más si se les considera réprobos por parte del Gobierno, no importa que hayan ocupado el más alto rango militar y hayan servido por más de 40 años a los ejércitos de la República, cuando se premia y se resguarda, más bien, a quienes deshonraron los uniformes (antes de uso privativo) y burlaron el monopolio de las armas, que por tradición y leyes ha pertenecido al Estado legítimo.

No hay que ser el más afín a la milicia y a las armas y mucho menos a la guerra para entender que las instituciones merecen todo honor y que es de la disciplina militar rendirlo en vida y póstumo a quienes son superiores en rango y cuanto más a los comandantes en jefe.

Vengar opiniones o criterios enfrentados o impartir órdenes de silencio (el discurso a cargo de Fernando Londoño no fue viable), es de una mezquindad rayana en el rencor político y en el desacato militar.

Y todo esto después de sostener que se ha consultado con la oficialidad el discutido acuerdo de paz, cuando lo que se advierte, aun en los entierros, es que que un gran sector militar no fue tenido en cuenta, como ocurre igualmente con las víctimas del conflicto, muchas de las cuales no fueron consideradas, porque dañarían el unanimismo.

Se diría que el asunto de un sepelio es banal, como lo serían, entonces y por igual, himnos y banderas, pero nada puede esperarse de quienes irrespetaron la Constitución y olvidaron los juramentos de su instalación en el poder, en aras de reconocimientos internacionales, no exentos de vanidad personal.

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A mi admirado Mauricio Vargas debo aclararle que Héctor Osuna no es magistrado ni candidato a serlo, sino un ciudadano caricaturista, para nada cercano en trato, comunicación o parentesco con el respetable abogado que ha figurado para la Corte Constitucional. Buena esa.

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