Por: Lorenzo Madrigal

El escandaloso tercer período

POSIBLEMENTE ESTÉ MUY VIEJO. Me hallo bajo el impacto de mis más queridos amigos que dieron en celebrarme el estar haciendo lo mismo durante cincuenta años. Pero mucha vida política sí ha corrido frente a mis ojos (“…mis ojos errabundos”), atentos, muy de frente o de soslayo, a los asuntos públicos, que, así parezca lo contrario, tampoco han sido mi primera prioridad en la vida.

No me tocó ver por años a un presidente que se quedara en el poder y para ello modificara la Constitución o, lo que es lo mismo, se la modificaran distintos Benedettis, a su antojo. Moriré posiblemente bajo la dictadura de Uribe. Elongación del poder que no consiguieron ni pretendieron los más grandes como Olaya, López, los Ospina, ni tampoco la lograron los dictadores como Reyes o Rojas.

Lo peor del poder absoluto y del proceso de su acomodación es el espectáculo de súbditos incondicionales que favorecen al amo a cambio de la satisfacción de sus ambiciones o acaso de anhelos regionales, ligados con su particular suerte política. En unos casos se configura el delito, en otros muchos se disimula sutilmente con base en algún interés público regional, pero los sabios del poder saben manejar a la perfección los intereses creados.

Todo ha ocurrido con desnudez desafiante. Para zafarse de las obligaciones de bancada se permitió por dos meses el transfuguismo; ya antes se habían decretado sesiones extraordinarias al filo de la medianoche, en maniobra santanderista y, como lo confirma en este diario el senador Lara Restrepo, se estaría trabajando ahora mismo a los conciliadores que faciliten la reelección, por medio del clientelismo más experimentado.

El cambio del texto original, que se votó para el referendo, es otro abuso de marca mayor, que pretende interpretar el sentir de la opinión. Se ha sobrepasado la tesis acomodaticia en boga del Estado de opinión, con la de un Estado en el que sus dirigentes interpretan a su antojo la opinión.

La seguridad democrática, la inversión segura (la que en tiempos de crisis es bastante improbable) y la cohesión social, proposición ambigua, que pretende disfrazar la poca efectividad en este campo, atendido apenas con paternalismo redentor y compra-votos. Con estos tres postulados, que son sólo uno, se configura el catecismo uribista, recitado de memoria por los políticos que medran alrededor del trono.

Así llega el señor Uribe al tercer mandato inconstitucional, que su ambición requería y que ha disfrazado bajo la necesidad imperiosa de sí mismo para la continuidad de la República.

 

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