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hace 4 horas
Por: Daniel Pacheco

El espantoso plan

Qué frágiles son las costuras que mantienen todo amarrado. Cuando falla sólo una fibra, un pequeño hilo en el entramado, da la impresión de que todo se fuera a desfondar.

Un tipo que pierde la cordura, o el miedo, o la esperanza, y se dispara en una ronda asesina en un teatro. La masacre que muchos hemos vivido en pesadillas, las manos untadas de sangre contra los que en ocasiones odiamos, el poder de la destrucción a la vuelta de una jaladita del dedo.

En tiempos como estos, poco después de que el joven Holmes llevara a cabo lo que muchos han fantaseado y reprimido, da pudor admitir que nadie puede garantizar que a la vuelta de dos apretones no sea el que se rompe. ¿O sí?

Un pudor que aquí nos podemos ahorrar por tener el corazón lejos de los muertos. Un pudor que no deja de ser paradójico, si pensamos que la masacre misma ocurrió en el escenario donde miles de masacres habían sido recreadas en ficciones por las que la gente acude hambrienta en hordas frágiles.

No es la violencia sin sentido lo que aterra. Sino lo contrario, la conciencia súbita de que no ocurre más seguido. Y podría: depresión, estrés, mediocridad y millones de vidas que carecemos del gran sentido al que crecemos aspirando, y aún así logramos aguantar todos nuestros años sin romper las fibras del costal. Con armas a la mano, literalmente. Sin el esfuerzo adicional de las hojillas con filo de antes. Y en general, todavía es gran noticia cuando una oveja se sale del corral.

“Nadie entra en pánico si todo va de acuerdo con el plan, así el plan sea espantoso”, le dice el Guasón (el de Heath Ledger, otro hilo roto) a Harvey Dos Caras.

Nadie entra en pánico si son los indios los que caen ante los vaqueros, o ante los soldados. Pero cuando los soldados son arrastrados por los indios es como si las agarraderas del cielo desaparecieran. Nadie sabe de dónde cogerse, revolotean las dignidades, desaparece el piso firme del plan espantoso.

Y por un momento el caos total es una opción tan seductora. Una caída al vacío sin tierra por debajo. Un salto a lo desconocido sin responsabilidad. Algo nuevo y final. El terror total sin consecuencias quizá podría ser el único momento de total y completa felicidad. Sin mañana, ¿qué podría hoy estar mal?

Pero hasta ahora no hay desorden que haya durado suficiente. Las crisis se apagan, la justicia hace el simulacro de imperar, se lanzan investigaciones y se remiendan las fugas al final. Cuando parece más improbable, el orden siempre ha tenido la desesperante tendencia a restablecerse, justo cuando todo estaba perdido, y uno ya lo celebraba por perdido. Hasta en nuestra peor faceta, somos expertos en decepcionar.

Toca levantarse del suelo, desempolvarse el pantalón y mirar para adelante, porque mañana es otro día y hay que madrugar.

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