Por: Columnista invitado EE

“El especismo mata”

Por: Saia Vergara Jaime*

No han parado de publicarse artículos, twits y mensajes sobre el Informe de Evaluación Global sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas que presentó el pasado 6 de mayo la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES). Y no solo por la magnitud del estudio: duró tres años, se revisaron 15,000 fuentes científicas y gubernamentales, participaron 455 autores y, por primera vez, también pueblos indígenas y comunidades locales. También por lo ambicioso: el informe pretendía evaluar “los cambios en las últimas cinco décadas, proporcionando un panorama completo de la relación entre las vías de desarrollo económico y su impacto en la naturaleza (…) y una gama de posibles escenarios para las próximas décadas”.

El diagnóstico es claro: a pesar de que “las contribuciones de la biodiversidad y la naturaleza a las personas son nuestro patrimonio común y el sistema de seguridad más importante para la vida de la humanidad (…) hemos llevado a este sistema a su límite", asegura la profesora Sandra Díaz (Argentina).

La economía de la libre competencia y la explotación con fines económicos de todo cuanto nos rodea ha moldeado nuestra forma de pensar y de relacionarnos con la madre Tierra. Nuestra ambición ha puesto en peligro de extinción a cerca de un millón de especies de animales y plantas, según este informe. Nunca antes en la historia de la humanidad había existido tal desolación. Estamos al borde de la sexta extinción masiva de especies de la historia. Incluso la comunidad científica ha tenido que acuñar un nuevo término, el antropoceno, para referirse a este periodo geológico en el que la acción del animal humano ha logrado modificar los equilibrios de la naturaleza.

Es extraño. Nos rasgamos las vestiduras cuando descubrimos que “otros” talan bosques para la ganadería, contaminan ríos porque es “más barato” que hacer plantas de tratamiento, extraen minerales con procedimientos agresivos porque es la última tecnología en EE. UU., vierten glifosato sobre las tierras de cultivo o compran más carros en vez de usar el transporte público. Es tal nuestra indignación que escribimos artículos, nos manifestamos a través de Youtube, publicamos twits, difundimos por WhatsApp y firmamos peticiones en change.org exigiendo que el gobierno de turno haga algo. Nos parece inconcebible que esos “otros” dañen al Planeta.

La indignación, quizá, nos hace sentir que el problema está “afuera” y que al visibilizar el desastre ya estamos “poniendo nuestro granito de arena”. Nos damos la vuelta y, mientras el canto de los pájaros que tenemos enjaulados nos hacen olvidar estas terribles noticias que amenazan nuestra “Casa común”, como diría el papa Francisco, nos consolamos con un trozo de carne o unos huevos con jamón y queso, tomamos una larga ducha, nos vestimos con ropa “desechable” (hecha en Asia) y calzamos zapatos de cuero antes de salir al trabajo. Para ese momento ya se nos ha olvidado el drama.

Paradójico. El especismo, ese prejuicio que nos lleva a sentirnos superiores a seres de otras especies y a considerar que están a nuestro servicio es una de las raíces de la debacle que retrata el Informe del IPBES.

La industria alimentaria, basada en la crianza, explotación (inmisericorde, además) y matanza de miles de millones de animales no humanos gastan ingentes cantidades de dinero en campañas bellísimas para que, engañados, continuemos financiando la tala de bosques para la ganadería, con la emisión de gases de efecto invernadero, la contaminación de las aguas, el saqueo de la biodiversidad marina y terrestre, el daño a los ecosistemas… Solo para satisfacer nuestros insostenibles hábitos de consumo.

El solo hecho de llenar nuestra nevera o armarios con productos hechos a partir de la explotación de animales no humanos, por dar solo un par de ejemplos, significa que estamos “poniendo nuestro granito de arena” en este desastre.

El especismo mata porque nos vuelve inconscientes y egoístas: nos hace creer que la vida de las más vulnerables, y me refiero a las “otras” especies, son simple mercancía, recurso para ser consumido… con todo el daño ambiental que esto conlleva.

Podemos investigar sobre la huella que dejamos a diario con el solo hecho de existir, y optar por un consumo ético y responsable que, además, no implique la tortura de miles de millones de seres sintientes, el gasto exagerado de recursos naturales o la contaminación indolente.

O podemos ignorar al IPBES, al papa y a los científicos que nos urgen a tomar conciencia. Podemos seguir pensando que con explotar de indignación en Twitter y con publicar vídeos sobre lo bellos que son los animales no humanos es suficiente; también podemos taparnos los ojos para no ver el desastre.

En el fondo el dilema está en elegir qué negocios financiará nuestro dinero: si los de la vida o los de la muerte.

Más información sobre el informe en http://bit.do/ipbes-extincion

* Artista cartagenera

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2019-05-09T16:31:28-05:00

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2019-05-09T18:20:55-05:00

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