El Espectador se la juega

La entrevista a Íngrid Betancourt resulta una pieza periodística invaluable. Sobre todo porque, como ocurre pocas veces, le permite a una víctima decirle a sus victimarios (los demás colombianos) algunas verdades incorrectas que pocos medios tienen, no el valor, sino la autoridad moral para publicar.

El Espectador se la juega dándole esta vocería a una víctima en un país donde ser víctima es una culpa, y ser victimario, un acto heróico. No es fácil decir, ni menos publicar, afirmaciones de que Colombia es un país enfermo y enfermo de ira. ¡Cómo! ¿El país más feliz del mundo? Sí. Colombia, peor que feliz, es una sociedad enajenada. Y, como todo enajenado, confunde la felicidad con la miseria. Víctima a su vez de una cultura catolizada enfermiza y enfermante, Colombia ha salido de esa matriz donde se gesta la posibilidad cultural de que los victimarios sean héroes. Una sociedad que tiene en el culto de la sangre y la muerte sus mayores símbolos religiosos, ciertamente resulta enferma de ira, odio y venganza. Ciertamente se pudre en medio de una guerra que se autojustifica eternamente. Íngrid Betancourt lo  ha vuelto a decir saliéndose de madre desde el centro de la selva y El Espectador lo ha vuelto a publicar saliéndose de la doctrina de nuestros silencios cómplices y malolientes. Alguna vez alguien escuchará desde el fondo del corazón haciéndole caso a la razón porque la razón tiene razones que el corazón no conoce.

 

Bernardo Congote. Bogotá.

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