Por: Santiago Villa

El espiral de la coca

El narcotráfico fue inventado por el Imperio británico para equilibrar su balanza comercial con China. Los navíos ingleses cargaban sus bodegas a tope en el puerto de Cantón con aquellos superfluos elementos que fueron la esencia de la burguesía victoriana: té, porcelana y seda. Los chinos, en cambio, no querían nada distinto durante las primeras décadas del siglo XIX que plata tonante y sonante.

El hábito de consumir opio, aunque era ilegal, ya existía en el sur de China, y como el producto generaba más demanda y mejores ganancias que los otros, la Compañía de las Indias Orientales vendía a contrabandistas británicos el que producían por sus cultivos de amapola en India y Afganistán.  

Es como si hoy en día una compañía similar a Ecopetrol produjese la cocaína que luego vendería a los narcos, que a su vez se encargarían de hacerla entrar ilegalmente a los Estados Unidos o a Europa.

En 1839, el comisionado Lin Zexu decomisó y quemó unas 1.000 toneladas de opio, que vendrían a valer unos 200 millones de dólares de hoy. Cuando el emperador de China se negó a compensar la pérdida, la reina Victoria ordenó ir a la guerra para proteger los intereses de sus capos.

Los británicos ganaron, por supuesto. Tras tres años de batallas sangrientas y desiguales, en las que murieron menos de 70 británicos y más de 25.000 chinos, se impuso, si no la legalización abierta, al menos el sobreentendido de no combatir el narcotráfico.

"¿Por qué?", preguntaron los funcionarios chinos a Henry Pottinger, el comandante de las tropas británicas, después de firmado el tratado de capitulación, "¿por qué los británicos permiten que se cultive tan injustamente la amapola en India para luego traficar opio a China, donde es ilegal?".

El problema del opio en China, explicó Pottinger, no tiene nada que ver con Inglaterra y todo que ver con la debilidad de los chinos por la droga. "Si su gente es virtuosa, pues desistirá de su consumo", dijo Pottinger, "y si sus funcionarios fueran incorruptibles y siguieran sus órdenes, sería imposible que el opio entrara a su país".

El cinismo británico encierra bien el núcleo del problema de las drogas y el narcotráfico. Los colombianos están, durante el tardío siglo XX y principios del XXI, como lo estuvieron los chinos en el XIX. Es decir, en el costado desafortunado de un problema que desde siempre ha tenido un indisociable componente militar, pues la solución al problema de las drogas la imponen los países que tienen los cañones más grandes.

La coca se cultiva en Colombia porque es un producto que se vende mejor y produce más ganancias que los otros, en un campo devastado por la ausencia de vías de comunicación y el abandono estatal. La sustitución de cultivos fracasa porque su lógica económica depende de subsidios onerosos, pero sólo donde podría funcionar la sustitución. Donde no, como en Tumaco, son programas irrealizables, condenados casi al fracaso por una infraestructura nula y seguridad precaria.

"Casi", es la palabra clave. Podrían funcionar si existiese la voluntad política. Como no existe, pues no lo sabremos. Sólo recibiremos cifras de masacres, como lo ha sido siempre en la historia de la lucha contra el narcotráfico.

No sé quién, después de 30 años de lo mismo, sigue pensando que si cambiamos el color de los limones la limonada va a dejar de ser ácida. El final de las Farc no soluciona el problema del narcotráfico, como tampoco lo hizo el final del Cartel de Medellín y el de Cali.

Colombia no va a dejar de sembrar coca y los rumberos más avezados del mundo no van a dejar de meter cocaína. Este axioma no es una condena a la guerra eterna si dejamos de hacerle la guerra a la droga.

El daño que causa el consumo irresponsable de las drogas es mucho menor que el horror y la degradación social que resultan de combatir su producción y venta. Hay que educar un consumo responsable de las drogas y dejar de combatirlas con la policía y el ejército.

El precio de ganar esta batalla, además, es demasiado alto. El consumo de opio se acabó en China cuando Mao Zedong cerró las fronteras a todo comercio e impuso la pena de muerte a los fumadores. Eso no va a suceder en Estados Unidos y Europa, ni debería. Nuestros tiempos son otros. Tenemos que aceptar las drogas. Entender que ya convivimos con ellas, que son indisociables de nuestra cultura. En suma, que la guerra contra las drogas, que nunca valió la pena librarse, hace rato que se perdió.

Vivimos en el trágico contexto de no poder aplicar soluciones estructurales porque no son realistas. A la espera de que en Europa y Estados Unidos, así como se descriminalizó la marihuana, se descriminalice la cocaína. Una vez esto ocurra, el problema agrario en Colombia —que no se solucionará con el fin de la coca— al menos no deberá tener el difícil componente de carteles armados hasta los dientes.

Es frustrante insistir en esto. Es predicar en el desierto. Todas las drogas, comenzando por la marihuana y la cocaína, deben despenalizarse. Mientras tanto lo mínimo, lo absolutamente mínimo, es que se implementen los paños de agua tibia que, por estulticia trasnacional, buscan reducir la cantidad de coca en el campo colombiano, y darles algunas opciones a los campesinos que se comprometieron a dejar de sembrarla.

Lo que está sucediendo en Tumaco no sólo es una vergüenza nacional. Es el grifo abierto para una nueva ola de crímenes de lesa humanidad por parte del Estado colombiano.

Twitter: @santiagovillach

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Villa

El campo sin restitución ni sustitución

El diabólico

Las elecciones no son la democracia

El fraude del glifosato

La explotación de la economía naranja