El “espíritu liberal” o “derecho a discrepar” en universidades, sindicatos y algunas redacciones

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La “Carta sobre la justicia y el debate abierto” de intelectuales en la revista Harper’s aplicada a Colombia.

Pareciera que la carta logró un momento de conciencia colectiva sobre el valor del debate abierto o libre para la sociedad y la democracia.

En Colombia —quisiera plantear la hipótesis— no hemos sabido de despidos a editores e investigadores por incorrección política porque la conformidad ideológica y la corrección política se han instalado abrumadoramente en las instituciones neurálgicas para el pensamiento. Las universidades, en primer lugar.

Los intelectuales firmantes en Estados Unidos se muestran preocupados porque se ha “intensificado un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y tolerancia de las diferencias en favor de la conformidad ideológica”.

Cualquier observador colombiano sabe que esta sería una descripción amable de décadas de nuestras universidades públicas y más recientemente de universidades privadas. La violencia moral y el ejercicio parcializado del poder burocrático han constreñido allí “el intercambio libre de información e ideas, el fluido vital de una sociedad liberal”.

Una consecuencia de la “conformidad ideológica”, “el discurso correcto” y la “certeza moral cegadora” en las universidades es que limitan la escogencia de los objetos de investigación empírica.

El compromiso político naturalmente evita investigar los hechos que puedan contradecir sus premisas y así la sociedad recibe conocimiento con estatus de científico pero sesgado, lo que tiene profundos impactos en las creencias, debates y decisiones (comenzando por las de política pública).

Paradójicamente, las universidades son libres de permitir o fomentar condiciones que restringen las libertades de expresión, pensamiento e investigación. La solución es promover, como política o estrategia de Estado, el pluralismo de ideas, de enfoques y la investigación libre en ciencias sociales (el espíritu liberal), y para eso tenemos a Minciencia, en primer lugar.

Minciencia, que debería darle ejemplo a MinCultura, que se la pasa promoviendo una sola visión, en vez de ser neutral o respetar el pluralismo, profundizando de este modo problemas que otros ministerios no logran resolver. Pero así nos va desde que la política abdicó de su responsabilidad intelectual.

Pareciera que el caso de los sindicatos es totalmente distinto del de las universidades, pero no tanto. Las libertades de pensamiento y de expresión no deberían ser sofocadas en el ejercicio del derecho de asociación sindical. No hay una única forma de defender los intereses de los trabajadores o empleados, pero en la práctica se exige conformidad ideológica y hasta política, subordinando la materia que da origen al derecho (de asociación sindical) a otras materias o intereses y eliminando lo que llamaríamos el debate abierto o libre.

Dirán nuestros líderes sindicales que se trata de “la justicia (social) o la libertad (dentro del sindicato)”. La respuesta de los firmantes de la carta en la revista Harper’s es: “Rechazamos cualquier falsa elección entre la justicia y la libertad, que no pueden existir una sin la otra”.

Ciertamente, es un inicio de discusión, pero ilustra un asunto que siempre ha estado ahí. Piénsese, por ejemplo, en los fusilamientos por “desviación ideológica” dentro de las propias filas revolucionarias del pasado, o en la destrucción moral de los disidentes.

No tan dramático, pero piénsese en algunas redacciones actuales de medios donde tener enfoques y sensibilidades por fuera del canon no trae cosas buenas. Donde los más populares son aquellos que hablan en un tonito de superioridad moral y ética, y de lógica invencible, con un pequeño público que quisiera replicar pero no lo hace para no exponerse al matoneo del gran público, alimentado por los razonamientos simples.

“Esta atmósfera sofocante acabará por dañar las causas más vitales de nuestro tiempo”, dice la carta sobre la justicia y el debate abierto.

“La restricción del debate, sea a manos de un gobierno represivo o de una sociedad intolerante, daña invariablemente a aquellos que carecen de poder y hace a todos menos capaces de la participación democrática”. Y se siente uno observando las cenizas del debate libre.

@DanielMeraV

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