Por: Salomón Kalmanovitz

El Estado de opinión manipulable

LAS DEMOCRACIAS OCCIDENTALES descubrieron temprano el peligro contenido en la voluntad de las mayorías y sobre todo en la irracionalidad que frecuentemente guiaba su conducta. Para neutralizar ese peligro, instituyeron garantías para la oposición política y para las minorías, y le pusieron límites a la sucesión del poder, precisamente para impedirle fabricar y manipular mayorías permanentes.

El presidente Uribe afirma que el Estado de opinión es la fase superior del Estado de Derecho, algo que está lejos de los principios elementales que rigen la convivencia política en los países democráticos. En ellos se mira con preocupación a los partidos y líderes que agitan profundos temores y rencores que subyacen en la psique de las masas, como el racismo y el chovinismo, pues terminan siendo una invitación a la violencia contra los que son declarados como enemigos de la patria o de la raza.

Lo cierto es que Uribe encarna lo que en la literatura de la psicología económica se denomina “paternalismo duro”, expresado en la prohibición rotunda al consumo de drogas, pero también en otras formas más sutiles y peligrosas de paternalismo, como es estigmatizar la conducta de los que considera sus enemigos, asociándolos con la insurgencia.

La fórmula es sencilla y fue enarbolada en su momento por el filósofo del nazismo Carl Schmit. Consiste en definir la política como un campo dominado por amigo, enemigo y conflicto. El enemigo es un ser extraño y peligroso que debe ser exterminado por medios violentos, arrasando la ley. De esta manera, la persecución y denuncia del enemigo polariza la opinión a favor del caudillo. En nuestro caso se podría afirmar que el mensaje es el siguiente: “Quien no está conmigo está contra mí y yo soy el futuro seguro de la patria”.

Los constantes llamados contra el enemigo público de la seguridad más íntima de cada colombiano que hace el Presidente modifican los sentimientos de las masas a su favor. Después sentencia que esa opinión lo apoya para cambiar la Constitución y todas las leyes que obstaculicen sus designios y sus propios intereses.

Y no le faltan medios para influir en la opinión pública: aparece cotidianamente en radio, televisión y prensa; controla dos canales propios y otorga las licencias de funcionamiento de las cadenas de comunicación; peor aún, algunos dueños de medios se identifican ideológicamente con él, de tal modo que hay un sesgo dominante a su favor. Las noticias que lo favorecen ocupan la primera plana, las que lo enlodan pasan a segundo plano. Por ellos se difunde la propaganda negra contra todo el espectro político que va del centro a la izquierda legal y contra los países vecinos, “cómplices” de las Farc.

El Presidente aparece cada sábado en algún lejano rincón del país donde ejerce como “padrecito” del pueblo olvidado, al que le brinda oído y apoyo, le promete solucionar sus problemas, ordena los presupuestos ajenos, reorganiza la seguridad y les inspira confianza en el futuro.

El presidente Uribe es, según él mismo, el único que puede garantizar la derrota definitiva de la insurgencia, el único que le puede ofrecer prosperidad al país y el único que construye una red de “protección” social (a todos protege). También sabemos que está destruyendo el Estado de Derecho, lo cual es un enorme peligro para nuestro futuro como país democrático.

* Decano de Economía, Universidad Jorge Tadeo Lozano.

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