Por: Felipe Zuleta Lleras

"El Estado ladrón"

RELEYENDO AL PENSADOR Y POLÍtico Carlos Lemos, encuentro que él hace más de 18 años, en una columna titulada como esta y que, tímidamente hoy tomo prestada, describía al Estado, precisamente como lo vemos hoy: el enemigo de los ciudadanos que acabó convertido en el adversario voraz de los gobernados, que ha crecido sin límites en manos de unos pocos que se apropiaron del erario, dejando millones de colombianos sumidos en la pobreza absoluta y a la desoladora deriva de sus propias desgracias.

Decía Lemos entonces: “Hasta hace poco, el Estado preocupaba porque se había vuelto inmenso, costoso, perezoso y fisgón. Hoy esa desazón ha sido reemplazada por otra mayor. El Estado no es, simplemente irresponsable y haragán. Interferido por un sector de la clase política que decidió convertir la cosa pública en cosa nostra, se ha vuelto un malhechor. No usa el impuesto para redistribuir la riqueza. Lo utiliza para concentrarla en las manos de un conjunto de pícaros que resolvieron hacer de la burocracia una ganzúa y de la política una mafia con antifaz. Hoy el Estado no sólo interviene sino que despoja. Las tarifas de los servicios se han transformado en una modalidad inclemente de la confiscación. Cada vez son más altas, porque el pillaje es cada vez mayor. En realidad, en Colombia hace rato se privatizaron los servicios públicos: con su producido se han hecho ricos, riquísimo, más de un particular. Las empresas públicas, son fincas, haciendas, feudos personales de unos cuantos políticos que convirtieron en patente de corso su credencial. Aquí lo único que se ha nacionalizado, realmente, es la inmoralidad… Aun en la Justicia, que es el principal de los servicios públicos en cualquier país, se ha impuesto, lamentablemente, una forma —perversa— de la privatización. En Colombia la gente se hace justicia por cuenta propia, porque ya no confía en ella como institución…”.

Pensaba en estos días cuando el invierno azota el país como nunca antes, que el Estado colombiano es incapaz de prever, organizar, ayudar eficientemente a sus ciudadanos, pues su clase dirigente, si es que así se le puede llamar, ha estado dedicada a la protección de sus propios intereses que, ciertamente, no son los de la mayoría de los colombianos.

Apabulla ver a nuestros gobernantes prometiéndoles a los damnificados las ayudas que no llegan o lo hacen tarde, porque tienen que pasar por el tamiz perverso de los políticos locales. Sí, los mismos que meten sus escabrosas manos en los dineros públicos para hacerse a las arcas que provienen de todos y que acaban en manos de refinados ladrones de cuello blanco o, simplemente, de mendaces rufianes oficiales.

Cuántas veces más oiremos a nuestros gobernantes, y aún al mismo presidente de la República, prometiendo la reconstrucción de los pueblos arrasados por las aguas y el barro. Ello no ocurre, porque el Estado colombiano, como lo anunciaba Lemos, acabó convertido en un ávido ladrón.

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