Por: Columnista invitado EE

El Estado laico y sus enemigos

En la vida pública de las naciones occidentales, el Estado laico es como el terreno de juego de una cancha de fútbol: el campo sobre el que el Estado y las iglesias (en un plano institucional) y los creyentes y agnósticos (en un plano personal) desarrollan sus proyectos en condiciones de igualdad y libertad.

Por ser una base común, los ciudadanos debemos defenderlo de los que lo amenazan: el laicismo, el tradicionalismo y el oportunismo electoral.

Los laicistas creen que el modelo republicano francés es la mejor receta para evitar la intromisión de la religión en la política. Por eso pretenden que las creencias queden relegadas al ámbito privado, que los creyentes se abstengan de participar en el debate público, y promueven leyes y sentencias para esconder cruces y velos, extendiendo un manto de sospecha sobre todo aquello que tenga connotaciones religiosas, o incluso morales.

De este modo los laicistas no sólo limitan arbitrariamente el ejercicio de la libertad religiosa y de conciencia de los creyentes, sino que exhiben una precaria concepción del ámbito público, pues ignoran que la pluralidad de voces contribuye a que los ciudadanos se formen una mejor opinión acerca de los problemas comunes.

Por su parte, los tradicionalistas son, aunque no lo confiesen, nostálgicos de las épocas en las cuales la religión era el referente normativo del Estado y el criterio moral predominante de todos los ciudadanos. Más que conquistar corazones que miren hacia lo alto y se vuelquen hacia los demás virtuosamente, su cruzada consiste en capturar las instituciones del Estado para ponerlas al servicio de sus correligionarios con el pretexto de que sólo así se realiza el bien común. Su discurso suele ser radical e intolerante, pues no está formulado para ser comprendido ni aceptado por quienes están más allá de su capilla. Buscan asentimiento, no controversia.

Los tradicionalistas tampoco contribuyen a promover una discusión pública razonable y moderada. Con otros motivos, son como los laicistas, abanderados del maniqueísmo y de la caricaturización de la postura contraria.

Más difícil de definir son los oportunistas electorales. Éstos suelen contraatacar en épocas de campaña atribuyéndole a su programa político una validación moral y religiosa. Sus mensajes y simbología, engañosos, pretenden que los creyentes piensen que tienen el deber moral y hasta religioso de apoyar a un partido o a un candidato que garantiza la defensa de sus creencias. Decir que Cristo fue el primer revolucionario de la historia, o buscar apoyo a una negociación política desde los púlpitos son algunos ejemplos de esta postura.

Las fronteras entre política y religión son porosas. Por eso, las relaciones entre aquellas no están exentas de tensiones que reclaman compromisos. En un mundo postsecular, día a día aparecen cuestiones controversiales que requieren trazar nuevamente las líneas entre ambas, evitando la tentación de resolverlas con un golpe sobre la mesa o con demagogia. Ante tales tensiones, advierte Michael Walzer, se deben evitar soluciones que supongan una victoria total para alguno de los bandos.

Es decir, se deben buscar compromisos, que, aunque provisionales e imperfectos, desactiven las tensiones sociales y garanticen las bases del Estado laico: la libertad religiosa y de conciencia, así como la igualdad en el trato hacia los ciudadanos. 

* Iván Garzón Vallejo.

493134

2014-05-18T20:43:16-05:00

column

2014-05-18T22:05:41-05:00

none

El Estado laico y sus enemigos

30

3510

3540

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado EE

Los espacios del paro

Protestar desde lejos