El Estado no es el lobo

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Nunca imaginamos que en pleno siglo XXI íbamos a sentirnos completamente desarmados. Pensábamos que la ciencia nos había hecho invencibles. Envilecidos con nuestros superpoderes producto de siglos de depredación y arrogancia frente a nosotros mismos, pensamos que el próximo paso era ir a vivir a Marte. No comprendíamos lo minúsculos que somos los seres humanos frente a la realidad de la naturaleza. Ese día supimos que el refugio contra una micropartícula era un techo. Así comenzamos, primero, a buscar culpables (los chinos, un murciélago, los políticos, etc), luego iniciamos el respectivo conteo de nuestros bienes para saber hasta dónde podíamos aguantar guardados en la casa. Al final de nuestro primitivo proceso de instinto para sobrevivir, miramos al que le hemos endilgado nuestros problemas sociales y económicos en las centurias recientes: el Estado. El mismo al que le rogamos para que nos salve cuando no quedan otros amigos (o enemigos) a la vista a quienes recurrir.

Durante estos meses de estrategias para enfrentar la inédita amenaza global del COVID-19 hemos visto cómo todos los sectores de lo que podemos denominar arquitectura institucional global, aportan parte de sus patrimonios, descubrimientos científicos, patentes, instrumentos médicos, experiencias, recursos humanos, y todo lo imaginable para detener el avance de este tipo de coronavirus. Hasta el momento en materia de sanidad todo se ha enfocado en superar el virus. En algunas naciones lo han mitigado, controlado o, en el mayoría, soportado con temor, pero siempre bajo la dirección y visión del Estado de cada nación. En China para superar la pandemia operó un Estado vigilante. En los Estados Unidos siempre funciona el ajuste de “pesos y contrapesos”, es decir a un Trump errático siempre le saltan los medios, los partidos de oposición y la comunidad científica para amortiguar la cadena de fallas del inquilino estatal de turno en la Casa Blanca. En Alemania la eficaz y sincera actuación de la actual Canciller, Ángela Merkel, funcionó la mixtura entre el respaldo de la ciencia y la acción de la sociedad alemana que le delegó el poder hasta el año 2021.

Al leer la prensa colombiana y mundial nos encontramos con la permanente pregunta: ¿Cómo vamos a superar esta crisis? O parodiando al personaje cómico mexicano, el Chapulín Colorado: ¿Y ahora quién podrá defendernos? En esa misma repasada de diarios nacionales y mundiales leemos frases muy fuertes contra la lenta, poca o desacertada actuación del Estado. A veces parecemos seres en la fase puramente salvaje previa a la lógica de la creación del concepto de Estado. Al voltear la página de esas diatribas, encontramos a otros ciudadanos reclamando de forma vehemente la ayuda del propio Estado. Una moneda con dos caras.

No pretendo hacer un tratado sobre esta figura. Lo que sí vale la pena recordar es que el Estado somos todos. La figura transitoria de unos delegados para manejar “la cosa pública” no suplirá nunca la organización permanente de instituciones creadas para sobrevivir los buenos, regulares o pésimos dirigentes que de forma ocasional ocupan estos entreverados establecimientos. El Estado es el territorio, la población y la soberanía. Si hay delegados de la sociedad que incurren en actos delincuenciales en el manejo de los recursos, serán las propias agencias estatales las encargadas de investigar y juzgar a esos delincuentes. Una figura que siempre está como lo dice el origen latín de la palabra: status y stare que significa “estar parado”.

La figura que hoy nos puede sacar del tsunami es la misma a la que recurren los gobernantes y gobernados a exigir que les envié ayudas, dinero, o que respalde con su firma el rescate financiero mundial. El mismo Thomas Hobbes sostuvo: “Cuando los hombres construyen sobre falsos cimientos, cuanto más construye, mayor será la ruina”. Un enemigo invisible nos hace pensar que el Estado no es el lobo para el hombre.

@pedroviverost

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