Por: Tatiana Acevedo Guerrero

El Estado y la lluvia

Aguaceros acompañados de rayos y ventarrones fueron registrados en Barranquilla entre el jueves y el viernes. El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, Ideam, aseguró que en la ciudad cayeron 131,5 milímetros de agua en 24 horas. Pese a inversiones millonarias recientes en infraestructura de drenaje, arroyos de lluvia, tierra y basuras inundaron calles en el suroccidente y Soledad, el municipio más grande del área metropolitana. En muchos de los barrios de estos sectores no existen alcantarillados de aguas lluvias y cuando los hay, sus rejillas han sido atrancadas por maleza y por botellas plásticas de agua y de gaseosa.

Arroyos, como El Salado y La Felicidad, no sólo agrietaron casas y ahondaron huecos en el pavimento, sino que también averiaron subestaciones eléctricas y causaron así cortes de energía en 70 barrios de la zona. Fallaron entonces tanto las estaciones de bombeo (que aseguran el flujo de agua potable y la remoción de aguas negras en el terreno escarpado de Barranquilla) como las plantas de tratamiento de agua. Ambas actividades, de bombeo y tratamiento, dependen de una corriente eléctrica continua y de voltaje constante.

En general, la infraestructura eléctrica y de drenaje en el suroccidente y los municipios metropolitanos, como Soledad, se urbanizaron rápidamente durante los años de desplazamiento masivo. Entre 1996 y 2014, 117.326 personas desplazadas desde otros municipios y departamentos del país se instalaron en la frontera sur de Barranquilla donde construyeron barrios e improvisaron conexiones a servicios públicos. Esta urbanización coincidió con la liquidación y venta de las empresas de servicios públicos y el cese en actividades de mantenimiento en localidades de menores ingresos e influencia en los gobiernos locales. En medio de la crisis hubo poca inversión para extender la red de electricidad a los nuevos barrios del suroeste y Soledad, que fueron clasificados durante el gobierno de Álvaro Uribe como “subnormales”.

Inundaciones y fallas eléctricas como las de esta semana son testimonio de la historia reciente del sur urbano del Atlántico. Esta incluye el trabajo de construcción y reparación informal de infraestructura eléctrica, los flujos de agua ingobernables y la vulnerabilidad de comunidades particulares. En Soledad, por ejemplo, las deficiencias en la recolección de basura, las desconexiones eléctricas y en las redes de drenaje delinearon identidades barriales en contextos de escasez y rebusque, en los que residentes respondían a desafíos en ausencia de empleo formal.

Inundaciones y fallas eléctricas como las de esta semana son además testimonio de la historia reciente del Estado colombiano. Específicamente, de la historia del Estado en la construcción activa de marginalidad dentro de la ciudad. La “subnormalidad” eléctrica, por ejemplo, es una forma de compromiso del Estado en los respectivos barrios, ya que la presencia de infraestructura precaria, distinta de la construida en localidades del norte de Barranquilla, es una acción directa. En lugar de las narrativas que anuncian la ausencia o el fracaso estatal, las trayectorias de Soledad y el suroeste de Barranquilla retratan la participación del Estado en la marginalidad. Las comunidades desplazadas se ubicaron en el sur y, a través de una serie de regulaciones de carácter nacional y local, más de 30 barrios del sector fueron clasificados como “subnormales”.

Pese a que era distinta la inversión estatal, es tramposo pensar Barranquilla y Soledad como dos ciudades. Una historia conjunta, en cambio, permite documentar los procesos diversos y cambiantes a través de los cuales las comunidades desplazadas se asentaron para vivir en la ciudad. Trabajando en construcción, seguridad, trabajo doméstico y cuidado de niños, estas comunidades no sólo viven en Barranquilla, sino que ayudaron a construirla.

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