Por: Diana Castro Benetti

El estallido

Lo bello es asombro y expansión, un fuego en el encuentro de dos partículas. Su cualidad y textura nacen no sólo del hecho de acercarse, sino de la acción de comprender. Hay curiosidad y apertura que poco y nada tienen que ver con la belleza que hoy se pregona tan llena de caprichos, profundamente manipuladora, exhibicionista y lista para ser devorada como entretenimiento pasajero y accesorio desechable que adorna la personalidad. 

Es en la relación con una percepción ampliada donde puede surgir lo bello. Es como una danza entre partículas, cuerpos, flores y hasta pensamientos, porque lo bello es el vínculo mismo, es el acto de encontrarse, el reconocimiento de un intervalo y de una distancia sacra entre un algo y otro algo que están abiertos para transitar juntos hacia un misterio y, en cuyo proceso, se dejan transformar. Cuando lo bello existe, el tiempo desaparece y la alquimia del azufre convertido en oro deja de ser imaginación. No es cualquier vínculo ni cualquier mirada; no es sexo, ni tampoco orgasmo. No puede ser el instante olvidado.

En el mismo momento en que la sociedad mercantil asesinó su relación con el entorno y con el otro, murió la belleza. Adicta a las salas de cirugías, a los colores translúcidos, a las calles de cemento gris, al tráfico de humanos, resulta obvio que esta sociedad adolescente, tan atolondrada y fútil, le tiene pánico a lo bello porque interrumpe su enajenación discotequera o porque sabe que el ardiente “me gustas” es la más automática adicción a la mentira y a la manía de posesión de toda identidad pusilánime. Cada acto de corrupción, cada afrenta a lo colectivo, cada barbarie, lleva el sello estético del último modelo de bisturí. Plana e insípida, la sociedad maquillada prefiere huir de lo bello y adherir a su fracasada juventud del bótox, la ambición y la inmediatez. En medio de la pornografía, la desnudez también ha muerto. 

Lejos de ser un producto masivo, lo bello es un punto de vista. Es la sorpresa del ojo interno que anida en el silencio. Como estado del ser, es una experiencia de la conciencia donde se comprende lo que nos ha sido vedado. Es descubrir y correr una membrana. Se describe como un momento de fulgor creativo y que, en un segundo, anula el tiempo para darle paso a la contemplación inocente: sol, mar, horizonte, espacio, quietud.

Es trascendencia y el secreto de un flujo entre dos: la calidez del buen amigo, el árbol y el nido, la alegría de madre e hijo, los ojos del viejo, el recuerdo de un amor liberado, la luz dorada sobre la hoja verde, una muerte en paz, el color de tus ojos. Lo bello y, de paso, reconocer la belleza como el arte de la atención y no como un lucro, es un fiel y arduo camino interior, una acción dedicada a redimir la magnificencia del gozo de ser y en esta vía es el mejor de los estallidos.

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