Por: Jorge Iván Cuervo R.

El estatus de columnista

A propósito de la cancelación de la columna de Daniel Coronell en la revista Semana, como consecuencia de unas preguntas incómodas por un informe de The New York Times sobre unas directrices del Comando del Ejército que podrían dar a lugar a la reedición de ejecuciones extrajudiciales de civiles para hacerlos pasar como bajas en combate, y que la revista no había publicado —a pesar de tener la misma información—, surge la pregunta sobre cuál es el verdadero estatus de los columnistas en los medios colombianos.

Hay diferentes tipos de columnistas y eso implica diferentes tipos de estatus. Haciendo un sondeo rápido por periódicos nacionales y regionales me encuentro que, en la mayoría de los casos, las columnas no son pagas, esta es la norma en los periódicos regionales donde han hecho creer que escribir allí es un honor. En unos pagan solo a algunos columnistas, una suma simbólica asociada a antigüedad, cercanía con la dirección y lecturabilidad, pero en la mayoría de los casos el criterio de a quiénes sí y a quiénes no no es claro. En algunos casos la contraprestación es una suscripción gratuita, que debería ser lo mínimo.

En los periódicos nacionales, en general, también se paga solo a algunos columnistas, sin que se conozcan los criterios de por qué a unos sí y a otros no, pero parecería estar asociado también a lecturabilidad y al hecho de que el columnista sea vaca sagrada, porque no en todos los casos se asocia con calidad. Justamente Semana, que paga todas sus columnas impresas, pone la vara más alta en cuanto a crear cierta relación de tipo laboral entre el medio y el columnista, pero el tema se decanta más por una relación de provisión de un bien a cambio de unos honorarios que no genera derechos de permanencia ni lugar a una eventual indemnización en caso de terminación.

Ser columnista en Colombia no es un trabajo, es un estatus, y este se adquiere por decisiones de los directores de los periódicos o revistas, y se conserva o pierde por la misma razón. No existe un derecho a conservar la columna pues es un espacio que la dirección concede a cambio de visibilidad y a tener una opinión a la sombra de una marca editorial.

En la decisión de no pagar una columna perdemos todos: el medio, porque no puede exigir calidad y frecuencia; el columnista, porque no tiene más incentivo que su disciplina, y el lector, porque en medio de ese maremágnum de columnistas hay que buscar mucho para encontrar columnas de calidad, bien argumentadas, bien escritas, relevantes y certeras. Coronell tenía la columna más leída del país y la revista Semana se da el lujo de prescindir de ella porque a la hora de sopesar el interés público pesó más la soberbia del dueño, sobre la base de la precariedad del vínculo laboral, y porque queda claro que hay temas y tonos que están vedados.

Las páginas de opinión son un importante atractivo para los periódicos, pero como en el caso de Coronell y del propio periodista de The New York Times Nicholas Casey, el periodismo de opinión con investigación debe tener un peso específico y una mayor protección legal, porque cortar la columna de Coronell no es solo la de una opinión más, sino la de alguien que con sus investigaciones ha puesto al establecimiento político contra la pared.

En Colombia la mayoría de columnistas son pura opinión, escribiendo —muchas veces mal— lo primero que se les viene a la cabeza, sin verificación de datos y, en su gran mayoría, para tramitar sus malquerencias personales. En los periódicos hay muy poca edición de opinión, ni siquiera de corrección de estilo, y es un tema en el que se ha decidido no invertir, ni siquiera ahora que se empieza a cobrar por contenido digital.

Opinadores, muchos —incluyéndome, por supuesto—; columnistas, esos capaces de cambiar realidades políticas o de generar nuevas formas de entender el mundo, pocos; estos cuestan y los medios no quieren apostar a ello, máxime si son incómodos como Coronell. Por eso nos toca seguir leyendo a quienes están allí por sus apellidos.

@cuervoji

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